sábado, 14 de octubre de 2017

LA GRAN RIADA, el día que Valencia lloró barro.








Callejero, un 14 de octubre de 1957... una fuerte desgracia inundó nuestra ciudad.

Quizás seas demasiado joven para saber lo que ocurrió, quizás viviste esa trajedia en tus propias carnes y marcó tu familia y tu vida... 




Por eso hoy, que se cumplen 60 años de aquel fatídico día quiero relatar esto, como un homenaje a todos los protagonistas de esa historia. 






La Valencia del año 57 era una Valencia en blanco y negro.

Una ciudad de tamaño medio, con aspiraciones medias. La economía no se mostraba alegre y una buena parte de la culpa, la había tenido la gran helada de la cosecha de cítricos de 1956, que si a Valencia la había dejado sin una parte sustancial de sus recursos, a España le había secuestrado sus divisas. Los tranvías recorrían unas calles sin apenas coches, donde solo 35 semáforos regulaban el tráfico en los cruces más peligrosos. El viernes 11 de octubre, la Jefatura de Tráfico concedió la última matrícula del día V-45347. Los teléfonos no llegaban a 50.000, los guardias municipales apenas pasaban de 500 y los recién salidos Seat 600 se compraban  a 65.000 pesetas (20.000 euros de ahora). Había aún una docena larga de herrerías en la ciudad, cientos de ultramarinos y no pocas vaquerías. No había emisiones regulares de televisión y la radio era la dueña suprema del entretenimiento familiar. En la Lonja de Pescado el bacalao se cotizaba de 8 a 14 ptas/kg. Las cigalas entre 35 y 53 ptas/kg y los langostinos, reservados para los más privilegiados, entre 135 y 140 ptas/kg.

Esa Valencia fue la que recibió entre los días 13 y 14 de octubre un mazazo en forma de  riada, un duro golpe del que tardó en reponerse, pero que sirvió de aldabonazo, de punto de partida hacia una Valencia moderna. Valencia aprovechó la oportunidad y transformó el dolor y la conmoción en energía creadora que impulsó a la ciudad hacia una nueva época. 


Aunque poca gente lo recuerde, el día 12, sábado, ya hubo inundaciones en la ciudad. De hecho se recogieron 57.1 l/m2 y los bomberos tuvieron que intervenir en algunas zonas.
El domingo 13 de octubre llovió poco sobre Valencia (2,8l/m2) La ciudad vivió su día de fiesta de la Hispanidad con un aire de aburrida normalidad, sólo alterada por la gran cantidad de vecinos que pasaban en cama la epidemia de la gripe, llamada ese año “la asiática”, que se caracterizaba por dar mucha fiebre y bastante malestar.

Resultado de imagen de el ultimo cuple
A las tres y media de la tarde seguía sin llover. Y se formó una larga cola frente al cine Lys, donde se proyectaba por última vez, después de 22 semanas de grandioso éxito, “El último cuplé”, el gran reconocimiento popular de Sarita Montiel. En el Goya programaban ese día “Sissi Emperatriz”, en el Capitol “Duelo en la jungla”.


La noticia estrella del mes era sin duda el lanzamiento del “Sputnik”, el primer satélite artificial de la Tierra, lanzado por la Unión Soviética sólo 10 días antes. 



La tarde en la ciudad transcurría calmada, aunque el cielo estaba muy cerrado. La gente no lo sabía, pero en las tierras del interior estaba diluviando casi sin interrupción durante todo el día. El imaginario polígono configurado por las ciudades de Lliria, Segorbe, Chelva, Requena y Buñol había recibido intensísimas precipitaciones. De modo que los ríos Palancia y Mijares en Castellón, más el barranco Carraixet y los ríos Magro y Túria en Valencia, estaban creciendo de forma alarmante.

“Señor Gobernador: Llamó para informarle de que el río viene muy fuerte. Se está saliendo sobre las huertas, llega a la población y tiene una furia nunca vista. Esto es grave. En unas horas tendrá en Valencia una gran riada”.

Este mensaje llegó al filo de las 21:00 hrs. procedente de Pedralba. Don Francisco Calduch Navarro, trabajaba por aquel entonces en la Dynamis, una de las más antiguas centrales hidroeléctricas del Túria, a escasos kilómetros de Pedralba. Fue él, quien desde un  teléfono de campaña abandonado por las tropas de la república tras la guerra, pudo ponerse en contacto con Llíria, donde aún funcionaban las líneas y desde donde se pudo avisar al marqués de la Bastida, José Puchol, quien finalmente avisó al gobernador civil. Sobre las 22:40 hrs. se informaría de nuevo desde Pedralba que el río llevaba 6 metros sobre su nivel habitual.


Central hidroeléctrica Dynamis.
Sobre las 23hrs. se decidió dar la alarma: guardias civiles y policías, serenos y vigilantes, avisarían a los vecinos en las zonas más expuestas a la fuerte avenida que estaba por llegar: Campanar, Tendetes, Marxalenes, Sagunt, Zaidía, Blanquerías, Alameda, Jacinto Benavente, Monteolivete y por descontado, Nazaret y Cantarranas, el Grao, el Cabañal y Malvarrosa. A esa hora, las emisoras de radio valencianas, siguiendo instrucciones de las autoridades interrumpieron sus programación habituales y emitieron mensajes de alerta ante la llegada de una fuerte inundación.

El gobernador civil D. Jesús Posada Cacho y el alcalde D. Tomás Trénor Azcárraga, con sus respectivos secretarios y ayudantes, más algunos concejales partieron hacia la Comandancia de Marina, muy cerca de la desembocadura del Turia. No mucho después, sobre las 23:30 hrs. el caudal del Túria superaba sus límites en la presa de Manises y se hacía imparable en “La Cassola” de Quart de Poblet.

Presa de Manises 
Y en Valencia, misteriosamente no llovía. El agua subía y subía de nivel y entre las 24 y la 1 de la madrugada creció más de 2 metros y aumentó su furia. 



A la 1 y media de la madrugda el Túria llevaba 1000m3/seg. A esa hora, el puente entre Quart y Paterna había sido superado por las aguas, que en Mislata habían triplicado el ancho natural del río, que al llegar a Campanar, amplia los borrosos márgenes habituales.

El Camino viejo de Xirivella, la calle de Castán Tobeñas, las inmediaciones de la cárcel Modelo y el Paseo de la Pechina fueron las primeras zonas en sufrir la inundación. Al llegar a la barrera del Puente de Campanar, con la que se iba estampando más y más maleza, el agua pugnaba por continuar y lograba abrirse paso por la orilla izquierda y el Túria se derramó con furia sobre la huerta inocente de la partida de Sant Pau, en Campanar, y más allá, hasta Tendetes. En la orilla derecha, el agua brava se metía en la cárcel de mujeres, en el Matadero Municipal y dejaba como una isla el edificio Ferca, de los agentes comerciales, donde moría la Gran Vía de Fernando el Católico.
El barrio de Tendetes, al fondo al otro lado del río, el Jardín Botánico


Fallaban los teléfonos y las luces de las calles, el agua potable perdió presión, comenzó a manar sucia y la electricidad faltó en la mayoría de los barrios. Los teléfonos se colapsaron por falta de líneas y por exceso de demanda. Docenas y docenas de trapas del alcantarillado, pesadas como losas, fueron despedidas por los surtidores que desde el subsuelo comenzaron a vomitar agua sucia sobre las calles. 




El agua afectó a gran cantidad de chabolas situadas en pleno dominio público hidráulico, a pesar de que el 1 de octubre de 1949, tras la última crecida del río, se prohibió la ocupación del cauce frecuentemente seco y hacía perder la memoria de que por donde una vez pasó el río, seguramente lo volvería hacer. Muchos de los fallecidos vivían en estas chabolas.


Una de las chabolas que la gente humilde
tenía dentro del cauce del río. 
Valencia, en la madrugada, tenía gritos de terror, crujidos de cristales reventados, de muebles que flotaban, y muchos valencianos, a ambos márgenes del río, se estaban ahogando en silencio.


La Plaza de la Virgen no se mojó. La calle del Micalet, y la plaza Reina quedaron secas.

El Palacio Arzobispal estaba sin inundación, como la subida del Palau. La Valencia romana quedó intacta: la primera colina de la ciudad demostró que los fundadores eran sin duda gente muy inteligente, que sabía dónde tenían que situarse.


Plano donde se distinguen las distintas de zonas de la ciudad afectadas. 

En cambio, el antiguo ramal del río, que transcurría frente a la lonja, pasa por la Plaza del Ayuntamiento y la calle de las Barcas hasta llegar a la ciudadela volvió a ser río. Este antiguo ramal era el que abrazaba por el Sur la isla original sobre la que se fundó la ciudad de Valencia.

Calle de las Barcas.
A las tres de la madrugada el Túria alcanzaba, en Manises, un nivel 8 metros superior a lo normal. La ciudad recibía en esos momentos 2000m3/seg. Y el caudal seguía creciendo.

Después del puente del Ángel Custodio, tras socavar los cimientos del puente del tren a Barcelona, el río dejaba atrás a la ciudad herida y se enseñoreaba del espacio, camino del mar: Alquería de Tatay, Senda Carmona, Fray Galiana y Poeta Sanmartí. Arrabales en la huerta, frente al camino de las Moreras.

El cementerio del Grao fue destrozado, quedando los ataúdes  a la vista fuera de los nichos. 




Nazaret, Cantarranas, Malvarrosa, el Grao, Cabañal, Canyameral… la tragedia se extendía y la riada había comenzado a llegar al mar.

La gente, consternada, había dejado ya de oír la radio porque faltaba electricidad. Sólo los dueños de los aún escasos radiotrasmisores escuchaban los mensajes de alerta de Radio Nacional, de Radio Valencia, donde al final también faltó la energía y todo se  hizo silencio.


El río siguió creciendo. El que estaba seguro, intentó cerrar los ojos y no pensar. Y aunque muchos miles durmieron a pierna suelta, sin enterarse siquiera que había una riada, para otros miles fue una noche que jamás olvidaron.



El Túria, a las 4:30 de la madrugada, alcanzó su caudal máximo en esta primera riada, 2.700 m3/seg. A partir de esas horas descendió lentamente el nivel de las aguas, que se fueron retirándose de las calles de la ciudad a lo largo de las dos horas siguientes. En la presa de Manises el máximo sobre el caudal normal fue de 8 metros. Y a las seis de la madrugada ya se había reducido a 4 metros, cuando empezaba a amanecer.

El ruido del agua se mezclaba con el silencio de la ciudad. No había circulación, no había coches, no había claxons. La gente no hablaba tampoco. Se oía pasar un mar espeso de color chocolate. Pero el hombre callaba.



Las principales autoridades valencianas, alcalde y gobernador, pasaron la noche aislados en la Comandancia de Marina,  rodeados por el agua y sin comunicación con el exterior. Por tanto, el gobierno central, durante varias horas, estuvo cabalmente ignorante de lo que ocurría en Valencia, y las autoridades pasaron horas en la impotente situación de contemplar la inundación son poder hacer nada al respecto. 

No fue hasta mediodía del día 14 cuando mediante un camión grande, fueron rescatados de la Comandancia de Marina, convertida en una isla, las principales autoridades.

Aislamiento e incomunicación fueron las claves de las primeras horas entre las autoridades, que habían de tomar las decisiones principales. A las 12 de la mañana del día 14, cuando los acontecimientos parecían tender a serenarse y ya se pensaba en la recuperación del susto, nadie podía suponer que lo peor estaba por venir.


Cada casa, cada portal, una  historia distinta, llena de angustias. Radios que enmudecen, temores que se confirman, sueño imposible y espera del ausente. La mañana del 14 de octubre, para miles de valencianos, fue la del estupor, la de preguntarse qué le había sucedido a su ciudad.





Hacía la una de la tarde, en Gobierno Civil y en el Ayuntamiento, no había duda alguna: la nueva inundación, mayor que la primera, llamaba a la puerta.

A partir de mediodía la confirmaron todos los puntos de referencia situados en el cauce del río, desde Pedralba hasta Villamarxant. En este último pueblo, poco después de la una de la tarde, el río iba mucho más alto que en la noche anterior. 




El caudal era de 3.500m3/seg, (superaba el caudal del Nilo con 2.830 m3/seg) superior al de la primera inundación, y ésta tardó más de 2 horas en recorrer los 30 km finales hacia el mar. La segunda riada llegó a la capital sobre las 14:30 h. Curiosamente en estos momentos una tormenta que llegaba a su vez desde el interior provocó el diluvio. El cielo y el río se pusieron de acuerdo esta vez para apuntillar a la ya herida ciudad de Valencia.




Muchos valencianos perdieron sus hogares,
las ruinas, como la de la imagen, se repetían por
 toda la ciudad
.
 Ahora cedieron los cimientos, castigados ya durante muchas horas. Cayeron casas y puentes. El río amplió sus marcas y se abrió paso por una rambla, que según los estudiosos, había discurrido veinte siglos atrás: El Carmen, la Plaza de Sant Jaume, la Bolseria,  el Mercado y la calle de las Barcas. Era el curso secundario que terminaba de abrazar la isla donde se asentaron los fundadores romanos.





La mayor parte de los muertos los causó la primera venida, la que llegó de noche y a traición, pero esta segunda hizo el daño mayor, tanto por la fuerza inusitada de las aguas, como por la altura que alcanzó, metro y medio superior a la noche anterior.

El informe del general Gómez-Guillamón calculó que la  zona inundada, desde el azud de Rascanya al Mediterráneo era superior a 2.200 hectáreas. Desde las calles más señoriales hasta insólitos parajes rurales estaban bajo el agua, desde cementerios a industrias químicas. 
Hubo angustia en los molinos y en las casas de riego donde nacían las viejas acequias, que sangraban al Túria y también la hubo ante los escaparates de las tiendas de mayor solera. La ancha franja ribereña, que se había inundado en la noche anterior, se ensanchaba ahora generosamente, hasta cubrir prácticamente toda la ciudad antigua, excepción hecha una vez más de la colina fundacional que tiene su centro en las plazas de la Reina y de la Virgen.

La ronda entera, las Grandes vías y el Ensanche, hasta las puertas de Ruzafa, eran del agua. Después se inundó la huerta de Monteolivete, hasta Nazaret y la Punta, y en la orilla izquierda desde el Llano del Real y la Alameda hasta Alboraya.

Puente gótico del Mar
Todos los valencianos aprendieron aquel día, que los puentes que resistieron sin inmutarse las dos grande avenidas del Turia fueron los cinco clásicos: San José, Serranos, Trinidad ,  del Real y del Mar. Todos los demás puentes, sufrieron notables deterioros. Los puentes clásicos, los  góticos, se comportaban  de maravilla, el agua circulaba sin problemas aunque llevara residuos o troncos.





Sobre las 18:30 las aguas fueron amainando. Había un millar de calles y plazas convertidas en lagos de cieno y basuras. Unas 10.000 personas habían visto violada la intimidad de su casa, inundada, cuando no destruida, y muchos de ellos, sobre todo en la zona de Nazaret, esperaban sobre los tejados de las casas a ser rescatados.

Cuando el agua fue desapareciendo, las calles de la ciudad afectadas formaban una mezcla de barro, ramas de árboles, muebles y cuerpos inertes.


Hay miles de historias individuales que sirven para dar una idea de la magnitud de la tragedia. Muchos de los fallecidos encontraron la muerte mientras dormían en plantas bajas, que se conviertieron en verdaderas trampas mortales. Otros, pudieron ser avisados y subieron a los pisos más altos, viendo impotentes desde los balcones como el agua entraba en sus casas y acababa con todas sus pertenencias y recuerdos. Algunos tuvieron incluso que ser rescatados a través del techo de sus casas cuando el agua les llegaba al cuello. Muchas iglesias sirvieron de refugio en aquellos barrios donde con más saña se empleó el  agua. 





Tragedias como la de la desaparecida calle Peñarrocha, donde tres pequeños fallecieron, dos hermanos y un primo de estos, mientras la madre los oía gritar desde la habitación contigua, donde había ido a salvar a su otro hijo, e impotente no pudo hacer nada para salvar a los otros tres. 
Este fue uno de los muchos ejemplos de la tragedia que vivió Valencia en una fecha que quedó grabada en forma de lodo, agua y muerte en su historia.




Quizás, una de las zonas más afectadas fue la zona de Nazaret, donde más de 5.000 personas se quedaron sin hogar. En la terraza de una granja de gallinas se refugiaron entre 70 y 80 personas, y allí estuvieron durante dos días y dos noches, sin nada de comida, ni agua, viendo como un río desbocado arrastraba vacas, caballos, pavos, gallinas, y toda clase de animales ahogados. El miedo se convirtió en espanto cuando empezaron a ver desfilar ataúdes, probablemente del cementerio del Grao que quedó arrasado por las aguas.

España entera, se volcó en ayudar a Valencia. Una Valencia herida descubrió la gran solidaridad que demostró todo el pueblo español, e incluso extranjero, a través de envíos de comida, medicamentos y dinero. También se abrió una suscripción anual a favor de Valencia.

Anillo del Arzobispo Marcelino Olaechea
Se organizaron diversas subastas por toda España para recaudar fondos. Famosa entre ellas fue la subasta de Radio Juventud de Murcia, que de la mano de un joven locutor  de 19 años, Adolfo Fernández Aguilar, consiguió que su programa, en principio local, tuviera una repercusión nacional, y donde se llegó a subastar el anillo pastoral del Arzobispo de Valencia Don Marcelino Olaechea por más de un millón de pesetas. Uno de los barrios que se construyó en la ciudad para dar cabída a los damnificados recibió el nombre de la Fuensanta, en honor a los murcianos y la forma que se volcaron con Valencia. 




Comenzaba ahora a entablarse una nueva lid "La Batalla del Barro"

Los vecinos se juntaban para colaborar a limpiar las calles. 
El término Batalla de Barro lo acuñó Martin Dominguez en “Las provincias” el 22 de octubre, la batalla del barro se inició de inmediato, la actividad empezó en cuanto las aguas se retiraron y los valencianos se dieron cuenta, con pavor, que la ciudad había quedado cubierta por una capa de lodo mezclada con enseres, ramas, troncos, cañas... Muchas partes del limo veían de capas de cultivo sin nada plantado en esa época del año y por tanto desprovistas de protección.


El ejército redujo la Batalla del Barro a unas 6 semanas cuando se temían que durará 6 meses. Cuando se quitó todo el barro y se secó el suelo, llegó el polvo. Algo más de 3000 soldados y 200 vehículos de todo tipo retiraron 1.120.000 toneladas  de barro, encontrando un promedio de 25 cm de barro en el suelo. Sirva un símil para hacerse a la idea de la cantidad de barro que estas cifras suponían : harían falta un total de 86.154 camiones bañera de tres ejes, de los que hoy en día se utilizan para movimientos de tierra, cuya capacidad de carga es de 13.000 kilos, para cargar toda esa cantidad de barro. Si se pusieran uno detrás de otro estos vehículos, cuya longitud es de 8 metros, formarían una hilera de 689 km. 




Llegó el momento de contabilizar las pérdidas...

Muchos se ha hablado de la cifra de muertos que dejó tras de sí la riada, y aún a día de hoy no está muy claro cual fue la cifra real de fallecidos. El porqué de este misterio hay que buscarlo en dos factores principalmente. Por un lado, no hace falta recordar que nos encontrábamos en pleno régimen franquista, donde tanto la censura como la manipulación de cifras y datos estaba a la orden del día, por otro lado en aquellos momentos había muchas personas indocumentadas que no existían en los papeles ni en los censos, gente que vivía en la pobreza, o incluso aún intentaba pasar desapercibidos desde la Guerra Civil. Muchos de ellos vivían en las  chabolas que poblaban el  cauce del río turia, y muchos de ellos murieron y desaparecieron en manos de la corriente sin que nadie los  reclamara. Se han manejado muchas cifras y parece ser que se superaron con creces el centenar de muertos.

Como en casi todas las tragedias, la desgracia se cebo con los más débiles el 63% de los fallecidos eran niños menores de 15 años y un 36 % ancianos. El río que muchas vece es símbolo de vida, esta vez  fue sinónimo de muerte. 



Como en todas la tragedias, se hicieron multitud de estudios para evaluar las pérdidas y los datos que barajaban unos y otros fueron muy diferentes. Es evidente la dificultad de hacer una evaluación en una situación como esta, en la que la zona afectada fue tan grande y se vieron dañadas empresas, casas, infraestructuras públicas, campos agrícolas, etc. Podemos aceptar que las pérdidas se situaron entre los 3000 y los 5000 millones de pesetas. 








Con todo lo que sucedió en la ciudad de Valencia, hizo que se tomará una solución que cambiaría el plano valenciano para siempre, El Plan Sur... pero eso es otro capítulo de nuestra historia.

                                      


No hay comentarios:

Publicar un comentario