martes, 3 de agosto de 2021

La Catedral de los Sentidos (Esencias de Valencia#8)

Las pesadas puertas de hierro se abren, cual flores, al recibir la caricia matutina del sol. El mismo sol que se cuela a través de las vidrieras de colores, policromando el suelo con raudales de luz de diferentes matices.

Las escaleras de piedra que dan entrada están desgastadas por el uso y el paso del tiempo, como los huesos de los octogenarios ancianos que acuden todas las mañanas.

La Catedral de los Sentidos despierta despacio estirando sus añejas vigas, tan antiguas con sus fieles parroquianos.

Coronando el cimborrio, la Cotorra brilla con esplendor al igual que su leyenda. ¡Cuántos padres por amor a sus hijos han recurrido a ella! Por la promesa de un huevo de oro muchos niños quedaban huérfanos, a su Destino abandonados.

Aquello quedó en el pasado, ahora el Arcángel custodio de los pobres es un reclamo para los eclesiásticos de la huerta que acuden todos los mañanas acompañados por monaguillos de albas rojas de tirantes, ayudándoles a colocar los objetos de su sermón del día sobre el altar.

Los feligreses comienzan a entrar en el Templo de los Sabores, habitantes de Babel, hablan todos los acentos y recorren las cuatro naves de peregrinación, como hormigas afanosas de aprovisionarse de alimentos.

A las doce, con el Ángelus, comienza la misa, el acto sacramental de sermonear con las oraciones a los fieles que cada uno atiende a los pasajes que incitan sus sentidos.

Los Apóstoles de la Malvarrosa son los primeros en llegar portando con ellos sus redes de pescadores llenas de plata viva y joyas marinas.

José de Arimatea comercia con la Sangre de Cristo, ofreciendo un Santo Grial a un anciano Nicodemo quien acepta gustoso para celebrar su cena ¡dios sabe si será la Última!

También hay Vino de Canaán, mezcla de agua y néctar de uva, que en tinaja de cartón hace para jóvenes y pobres de una reunión callejera, una fiesta vagabunda.

Continuando la peregrinación podemos encontrarnos la artesanía divina de un Dios alfarero que nos ofrece distintas razas de pucheros. No muy lejos le acompaña una virgen rodeada de flores y plantas aromáticas.

Siguiendo la ruta catedralicia cambiamos de capilla, donde el Buen Pastor nos muestra su Cordero Místico, junto a la Sodoma y Gomorra, orgía de cuerpos desnudos: machos y hembras se encuentran de tal forma que solo la meretriz sabe a quién pertenece cada miembro.

Todo peregrino que se aprecie, su misión es visitar el relicario donde las solemnes momias de faraones porcinos, envueltas en vendajes de rejillas, cuelgan de las esquinas.

De la zona de Nazaret, el maestro panadero, parte y reparte el pan nuestro de cada día, predicando un Nuevo Testamento, calmando el hambre del más humilde siervo.

El Sagrario de Azúcar atrae las miradas curiosas de los infantes que esperan ansiosos la llegada del sacerdote que les haga comulgar con una hostia roja y empalada, mientras sus padres observan a la tentativa Magdalena, insinuando sus curvas melosas, incitándoles a caer en el segundo Pecado Capital, para luego tener remordimientos de culpa que no se absuelven al confesarse con Don Báscula.

En este templo también hay lugar para Lucifer que amontona sobre su altar, escorpiones, gusanos y langostas, predilectos protagonistas de las más crueles plagas de Egipto, a la espera de ser llamadas para una exótica venganza culinaria.

Satán incita a degustar sus pecados a las mujeres enlutadas que a su paso niegan con la cabeza y se santigua corriendo.

A la salida, cual catedral que se aprecie, aparecen los mendigos ciegos de la suerte, que, a cambio de unas limosnas, nos ofrecen una estampa de esperanza económica.

Así es la Catedral de los Sentidos, así es nuestro Mercado Central.

 

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