viernes, 17 de abril de 2020

La Cruz del yo mismo (Cruces de Término#16)

AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos. 


Solamente he caminado en línea recta, siguiendo mi instinto entre las calles de ese poblado que llaman Canyamelar. Lo he cruzado y perdido siguiendo mi olfato el aire fresco del mar por las calles del barrio llamado Cabañal, sus casas bajas, de las familias de pescadores, son una muestra de colorido, de alegría y manifiestan la sencillez con la que una persona puede vivir feliz. Se ve un barrio tranquilo, y aunque, a días de hoy, no hay nadie por la calle. Intuyo que seguramente no haya mucho trasiego por él, como lo hay por otros sitios de la ciudad.

Finalmente llego a mi destino: el paseo marítimo. Me quito el cubrebocas y los guantes, ya no quiero volver a usarlos más y aspiro con todas mis fuerzas el aire del mar y de un brinco salto el pequeño murete que quiere contener toda la arena de la playa. Me lanzo a correr hasta la orilla, todo lo rápido que me dan las botas en la arena, bajo esta mañana de sol, mis pies fallas a pocos metros de llegar a la orilla del mar y caigo de rodillas. El destino lo ha querido así.

Suspiro cargando mis pulmones de aire de mar puro, cojo un puñado de arena entre las manos y dejo que discurra entre mis dedos, es tan agradable la sensación después de tantos días usando guantes.

Cierro los ojos y me concentro en el sonido de las olas durante un minuto, los abro despacio y es cuando suavemente y la punta de los dedos abro un pequeño hueco en la arena, como una pequeña tumba. Rebusco en mi bolsa y extraigo el pequeño carboncillo, que me ha acompañado durante este largo viaje, apenas tienes tres centímetros. Lo pongo sobre la palma de mi mano y lo cubro con la derecha. Y rezo, rezo a mi manera, sin invocar ninguna imagen sacra, sino dando gracias a la Naturaleza por haberme ayudado en mi caminar, por todo lo que he descubierto y por el haberme conocido un poco más. Esto ha sido una aventura, un viaje en tiempos de epidemia, dónde aprendes sin querer a meditar en la soledad en la que encierras mentalmente. Ahora se ha comprendido el sentido de libertad, esa libertad que tienen las pequeñas cosas, como es poder ir a la tienda a comprar, aunque sea un simple carboncillo o un poco de tinta para escribir, poder entrar en un horno y sentir el calorcito o el aroma del pan recién hecho. El tacto frío de la barra del metro a la que te agarras todos los días para ir a trabajar, el trasiego del día a día, el ir a hacer tus recados a pie, pues no disponemos de un carro de metal y recurrimos solo a los gusanos subterráneos cuando hay necesidad.

Hoy en día vivimos con una situación acomodada, sencillez, aunque no la veamos. Pues en un solo edificio podemos encontrar todo lo que necesitamos para vestir o comer, sin tener que ir en peregrinación por toda la ciudad como lo hacían nuestras madre o abuelas hace tantos años atrás.

Con un simple teléfono móvil, o espejo-brújula mágicos, podemos tener el contacto de cualquier persona o conocer donde está cada cosa, sin necesidad de salir de casa, o de llevar grandes pliegos de papel con nosotros en los viajes. Vivimos tan cómodamente, que no nos hemos dado cuenta de ello, hasta que se ha parado el mundo.

Así que, cuando todo esto vuelva a poner en marcha, cuando puedas libremente salir de nuevo a la calle, saborea y aprecia todas estas pequeñas cosas que la Naturaleza o tu Dios te proporcionan.

Con estos pensamientos coloco el trocito de carboncillo en el hueco que he excavado y lo cubro con la arena. Amontono encima unos cuantos guijarros imitando una estela funeraria en miniatura, me arranco el crucifijo de plata que pende de mi cuello y lo dejo junto al túmulo, creando una pequeña cruz de término, porque aquí termina mi viaje y tal vez tú, algún día comiences el tuyo, al encontrarlo.


 


jueves, 16 de abril de 2020

Cruz del Canyamelar (Cruces de Término# 15)

 

AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos. 

Año de Nuestro Señor 2020, décimo sexto día del mes de abril.

Esta será la última anotación que haré en este diario.

Me he levantado con ánimo, y feliz, del jergón de esa posada de la avenida de Puerto, el hostal parecía igual de limpio que lo fue anoche. A mis oídos llega una música alegre en un idioma desconocido para mí.

También, escucho el guirigay de las vecinas, que se asoman por el patio o corrala del edificio, para ponerse al día de las comadrerías que algunos escriben en esos folletines de desmentidero, con imágenes vergonzosas de gente popular de la sociedad, con sus escándalos en momentos de euforia o líos de faldas y  hablan de una tal Rosalía, de su cabello y de otra llamada Estefanía.

El lugar donde he pasado la noche no es más que una vivienda en esos edificios en forma de arca, pero bastante decorativo, que se erigen en el camino del Mar. Un piso cuyo propietario alquila por separado las habitaciones. Ahora, me hallo desayunando en una cocina de azulejería blanca y naranja, me he sentado junto a la ventana en un alto taburete y mantengo en mis manos una taza de loza desportillada por varios sitios y algo agrietada. La infusión de frutos del bosque es una delicia a mi paladar, al igual que el pequeño bollo redondo y espolvoreado con azúcar, que para ser un pan quemado no sabe tan mal.

Me despido del dueño del lugar, recojo mis escasas pertenencias y salgo a la calle. La ruta de hoy puede que sea un poco diferente.

Tengo que buscar la calle de Pintor Maella, no queda muy lejos de donde ayer estuve con la cruz. ¡Qué cambio! Ayer caía la lluvia sin cesar y hoy luce un bonito sol de abril, el ambiente está fresco, no por la temperatura, sino porque lo siento limpio.

Voy observando los edificios que se levantan a ambos lados de la calle. Para ser «edificios arca» no los veo tan mal como los que he visto hasta ahora. No sé por qué, pero la zona de la avenida del Puerto me está gustado, tal vez dentro de unos años pueda fijar aquí me residencia…

Llego a la primera meta de la ruta de hoy, un jardín con un pequeño palacio en su centro, una lujosa villa que pertenecía al señor de Ayora y por eso el jardín recibe el mismo nombre. Como no tengo que desviarme mucho del plan establecido, decido atravesar el jardín y contemplar la fuente con una figura femenina, los bancos invitan a sentarse, pero no es momento de detenerse. Encuentro unos grandiosos arboles cuyas extrañas raíces crecen de las ramas y llegan hasta el suelo, me dijeron en una ocasión que proceden de la lejana, exótica y misteriosa India.

Se oye el gorjeo que hacen las palomas mientras caminan, alguna mueve el cuello a golpecitos hacia delante, otras pican por el suelo en busca de comida y las últimas, más allá, alzan el vuelo entre las ramas de un árbol.

Pego un traspiés en una raíz de esos árboles; sobresale del suelo y por poco me caigo de bruces al sobre él. Mi manía de caminar mirando hacia arriba… algún día me matará.

Salgo del jardín y busco ahora la calle de los santos de Justo y Pastor, la tengo que recorrer hasta el final en dirección al mar. Sonrío levemente al ver cómo las escaleras de un embarcadero de gusano de metal se «pierden» bajo el suelo. Qué gran descubrimiento ha sido ese.

Delante de mí, encuentro un grandioso edificio de ladrillo rojo, con pequeñas ventanas. En la fachada, con letras azules, tiene rotulado «Poliesportiu Municipal Cabanyal-Canyamelar». Es uno de esos lugares donde la gente se reúne a practicar actividades físicas y cuidar sus cuerpos a la vez que se divierten.

A su lado derecho tiene una plazoleta. Me asomo a ella, pero no es la que estoy buscando. Cruzo la calle, rodeo otro edificio más y encuentro una plaza grande, y es así donde encuentro por fin la última de las cruces de término: con su hallazgo, cierro el círculo.

Se trata de la cruz del Canyamelar, nombre que viene del vocablo valenciano «canyamel» que significa caña de azúcar, tal vez, porque en un pasado ya lejano en este lugar fueran extensos campos donde se cultivaban estas caña .

En mitad de la plaza se eleva una base octogonal formada por tres gradas, sobre ella se levanta un pilar octogonal que, en cuyo capitel troncocónico, tiene esculpido el escudo de la ciudad. La cruz es sencilla, de brazos octogonales y acabados con una punta llamada de diamante. Una cruz simple sin decoración, propia de una zona humilde de pescadores. Al igual que muchas de las anteriores, fue destruida durante aquella guerra y sustituida por la que hoy ven mis ojos.

Con estas anotaciones acabo de completar el dibujo que he hecho de esta cruz. En esta ocasión no me quedo un rato contemplado el lugar, sino que me levanto de mi asiento, recojo rápidamente mis pertenencias y voy a buscar otro sitio mejor, para poder hacer algo que me acaba de venir a la mente.




miércoles, 15 de abril de 2020

La Cruz del Camino del Mar (Cruces de Término#14)

 

AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos. 


Año de Nuestro Señor 2020, décimo quinto día del mes de abril.

La mañana de hoy ha amanecido lluviosa. Comenzó a llover anoche y me sentía a gusto en el catre de la pequeña posada que había localizado para dormir en Pinedo. Pero, al despertar me he encontrado que sigue lloviendo.

¿Proseguimos la ruta? Dejamos pasar el día entre estas cuatro paredes impersonales de ese edificio.

Se piensa mejor con el estómago lleno o eso es lo que siempre dicen. Así que ahora, me hallo desayunando un té algo rancio con un trozo medio tostado y medio quemado, con aceite y algo de sal. Tal vez me lo tenga que tomar rápidamente, pues creo que la silla donde me siento se va a romper en algún momento.

Decido que mejor me voy allí, tal vez por el camino halle otro lugar mejor para guarecerme de la lluvia.

Consulto mi mapa de rutas y salgo cubriéndome la cabeza y el rostro con el vano de la profunda capucha de cuero de mi abrigo de peregrinaje. Hace fresco, lo siento en mis huesos que, aunque aún son jóvenes, han sufrido algún que otro percance en estos años y es por eso que sufren los cambios de tiempo.

El rostro lo llevo protegido no solo por el cubrebocas, sino también, por una bufanda de entre tiempo, ni muy fina ni tampoco tan gruesa como llevaba en invierno. Mis manos estas calientes, supongo que húmedas, pues los guantes de este extraño «tejido» mantienen bien el calor, aun siendo tan delgados. El abrigo de cuero es un fantástico corta fríos, y las botas viejas, pero cómodas como ningunas, se están portando bien, y me alegro. Ya llevan varias visitas a un zapatero remendón para que les otorgue otro invierno más de vida. La suela, aunque desgastada por dentro, se encuentra impermeabilizada para evitar el paso del agua. El forro ha sido cambiado tres veces, y las correas y hebillas que sirven para sujetar la caña de la bota a mi pierna, han sido varias veces recosidas. Espero poder terminar el peregrinaje sin que revienten.

Con estas cavilaciones he deshecho el camino, he pasado por la cruz de ayer y llego a una pequeña senda roja de piedra que salta la desembocadura del nuevo Turia. Sobre el pavimento hay una inscripción que pone «Carril bici». ¿Qué será eso? No tengo ni idea, pero lo presiento más seguro que la vía de los carros de metal. Me apresuro a cruzar el río, que viene cargadito de agua, bien porque baja, bien porque asciende del mar… no sé si será dulce o salada la que discurre por debajo de mí.

Camino con cuidado, pues aún llueve y no quiero resbalarme y partirme la crisma, ahí en mitad de la nada. Además, en estos días que apenas hay transeúntes por las calles.

El sendero acaba en una revuelta, y continuo hacía mi derecha en dirección al mar, recto durante varios metros, hasta que por fin hallo lo que estaba buscando. El puerto de Valencia. El maravillo puerto de esta ciudad, puerta de entrada de todo el Mediterráneo desde que Valencia se originó.

El lugar da miedo, no hay nadie. La humedad del ambiente es palpable, el mar está picado por el temporal que está por llegar y las velas de los pequeños veleros están recogidas y atadas con cordeles que, con el aire, se sacuden y chasquean como látigos.

Sigo caminando por el dantesco embarcadero. Veo un edificio blanco con una cruz roja, tal vez, una encomienda de la orden del Temple. Bien claro lo dice en el rótulo: Cruz Roja. Seguramente estará ahí su cuartel para proteger a la ciudad del mal que llegue por el puerto.

Prosigo un poco más mi caminar, intento ir por zonas que puedan cubrirme de la lluvia. Veo un montón de enormes arcas apiladas una encima de otra. Son tan grandes que podría vivir una modesta familia de campesinos dentro de ella, como si fuera una barraca de metal. Son de varios colores: azules, amarillas, rojas, blancas… Son para el transporte de cosas, pues veo al fondo un barco cargado con ellas.

Sigo caminando por un sitio que se llama «Moll Ponent» y veo a la izquierda unos edificios, unas casas de viviendas, de gente humilde y trabajadora. Tal vez un barrio de pescadores. Al acabar de rodearlo, compruebo que no he errado: un cartel me indica que estoy en Nazaret.

 

El Moll de Ponent acaba en una plaza de esas que están en medio de las vías de los carros de metal. Al otro lado de ella veo un río. ¿Otro río?

Hay un letrero informativo que, con letras azules, indica que lo que estoy viendo es el viejo lecho del río Turia. Mi alma cae a los pies, es aquí donde muere tan fuerte guerrero. Es como un padre anciano que ha sido olvidado por sus hijos y no puede recibir una muerte digna, pues acaba siendo tragado por una inmunda alcantarilla gigante, para salir varios kilómetros más adelante al mar, sin gloria alguna.

Pobre Padre Turia, nacido en las Altas Tierras de Aragón, fuerte y orgulloso, ha ido haciendo camino por cientos de kilómetros, ha fecundado a su amada Valencia y, ambos juntos, engendraron vida, los valencianos. ¿Y cómo se lo pagan sus hijos? Llenando de basura a su madre y haciendo morir a su padre en una cloaca. Estúpido es el hombre…

 

Prefiero no seguir más tiempo aquí. Continúo bajo la lluvia. Mal día hace hoy, el cielo sigue llorando sobre la ciudad. Continúo por una vía y veo un extraño edificio a mi izquierda. «Autoridad Portuaria de Valencia». Ya estoy en el puerto histórico, en la avenida del ingeniero Manuel Soto: los tinglados de las antiguas lonjas del puerto se alzan ante mis ojos. Para ser antiguas están bastante bien conservados, tal vez las hayan arreglado un poco.

Está lloviendo mucho como para pararse a dibujar. Además, apenas me quedan 5 centímetros de carboncillo, que prefiero guardar para mi cometido.  

Continúo el paseo bajo la lluvia hasta la avenida del Puerto. Ahora, la ruta ya es fácil de seguir, a mi izquierda está la plaza con la iglesia de Santa María del Mar, y al fondo las Reales Atarazanas de Valencia. Todas estas zonas en un pasado se llamaban Vilanova del Grao de Valencia, un pequeño pueblo amurallado dónde vivían pescadores y navegantes cerca de la mar, además de los guardias y soldados que protegían las costas de los piratas y moros que pudieran llegar desde Mallorca o Argel a nuestra ciudad.

 

Mi cuerpo me pide alimento, pero prefiero tomarlo después, apenas queda nada para llegar a la cruz de término del Camino del Mar. Me da rabia no poder deleitarme con la arquitectura de los edificios tan curiosos que se erigen a mi izquierda y derecha, pero llueve aún bastante y debo de darme prisa. 

Después de unos minutos más, por fin hallo el jardincito en la avenida del Puerto y, allí, cubierta entre la vegetación de unos árboles y una palmera, la cruz protagonista de nuestro capítulo de hoy.

No se encuentra en su emplazamiento original, pues la avenida no es el antiguo camino al grao, sino uno nuevo que se hizo posteriormente, al que fue trasladada. En su origen era como las cruces góticas que he visto antes en otras poblaciones, cubierta con su templete. Pero de ello apenas quedan restos, pues la cruz de piedra ha desaparecido y en su lugar se halla una de hierro forjado con ocho brazos, sobre una bola de piedra con el escudo de la ciudad de Valencia. En la columna tenemos imágenes de santos y los escudos de Aragón, siguiendo la tradición gótica. Pero todo el conjunto está en muy malas condiciones, el pedestal octogonal está descastadísimo. No sé el nombre del constructor, solo sé que en el conjunto trabajó, posteriormente, el maestro de obras de la catedral, Martí Llobet y su hijo apodado «el joven».

 

La observo unos minutos más bajo la lluvia. Intento memorizar sus rasgos. Cruzo corriendo el anchísimo camino de los carros de metal y me meto en una taberna de esas finas que frecuentan las damas, a ver si por fin puedo tomar un té aromático y calentito mientras dibujo la cruz.





martes, 14 de abril de 2020

Cruz de Pinedo (Cruces de Término# 13)


AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos. 



Año de Nuestro Señor 2020, décimo cuarto día del mes de abril.

Afortunadamente el trasiego de los carros de metal es muy poco, razón por la cual puedo ir andando por el linde del río de asfalto negro y cruzar el puente de ese nuevo río.

Ahora solamente me espera un largo camino, bordeando el río hasta el mar. A la altura por donde he cruzado, el agua marítima alcanza hasta ese puente, da la sensación de que por el río fluye el Turia. Pero no es así, eso el Mediterráneo explorando tierra adentro.

Camino con mucho cuidado por la zona de tierra entre los taludes del río y la vía de los carros de metal. A cada paso que doy, voy viendo cómo las plantas asilvestradas crecen más grandes y verdes, tal vez por la humedad del lecho del río.

Tengo la sensación de que estoy en el campo, pero lo cierto es que no es así, entre las hierbas de este camino improvisado encuentro basuras como las de ayer, y eso me entristece. ¿Será que no hay un trozo de tierra en Valencia en el que no haya basuras?

El agua marrón verdosa que había visto al principio de mi caminar, poco a poco se va viendo más azul, indicando que hay un poco más de profundidad y de agua. El cielo azul claro, salpicado con alguna nubecilla de algodón, se refleja sobre la superficie.

Oigo el sonido de las gaviotas que ascienden por el cauce en busca de algo de comer en las aguas o entre las plantas, algún bicho que se convierta en su manjar matutino.

Encuentro un tramo del camino en el que, con cuidado, tengo que pasar rozándome entre las gramíneas secas, cuyas espigas se agitan haciendo un ligero sonido similar al siseo de una serpiente. Por el otro costado, baladres de flores blancas y rosas. Observo cómo las hojas están cubiertas de ese líquido viscoso venenoso. Pasados los grandes setos, mis pies se encuentran con grandes pedruscos blancos.

Camino intentando no tropezarme, pues no puedo evitar caminar mientras la vista la mantengo en el río y sus aguas, que hoy tienen un bonito color turquesa. Los setos de baladre cada vez se hacen más numerosos. Agradezco haberme tomado el medicamento para la «maldición de primavera» que hace poco he descubierto que sufro.

El solecito de hoy invita a caminar, la peregrinación está siendo agradable. Observo las edificaciones cada vez más extrañas que voy viendo, son una especie de entramado de vigas blancas de hierro o edificios en forma de arca. Al fondo veo unas grandiosas grúas, similares a aquellas que vi una vez durante la construcción de una catedral.

Encuentro un puente de obra moderna, que sobre el río pasan rápidamente un par de carros veloces. De ladrillo y hormigón. A su sombre me detengo un momento y extraigo de mi saco de pertenencia el plano de ruta para consultar cuánto me falta para poder llegar a la próxima cruz.

Apenas falta un trecho para llegar hasta ahí, sólo unos cuantos metros más. Tomo un sorbo de agua de la calabaza transparente y continuo mi caminar.

Me asombro al descubrir que, nada más pasar el puente, ya no hay baladres ni vegetación alguna, parecen haber sido arrancados. Aunque sean malas hierbas o plantas venenosas, con sus flores y verdor proporcionan frescor, es agradable su contemplación, nos liberan de la opresión de la ciudad, no me gusta que las hayan quitado. La sensación de exposición a los carros de metal va en aumento. Me gustaba sentir la protección que me daban las plantas.

Unos cuantos metros más adelante encuentro árboles, varios árboles que crecen al borde de los taludes del río. Sus pequeñas hojas verdes brillantes se mueven tiernas con la suave brisa marítima que llega hasta ellas. El suelo está lleno de pequeñas manchas de sombra que dan frescor a la travesía. Paso a paso, nos vamos acercando un poco más. Las tripas empiezan a rugir con hambre. Debe ser ya hora de almorzar, voy buscando una sombra de esos arbolitos para poder comer, y es cuando descubro una higuera con sus olorosas hojas verde oscuras, ese aroma como de miel que desprende hace que se me abra el apetito.

Saco del interior de mi bolsa unas viandas de viaje y con la navaja voy cortando pequeños trozos que voy ingiriendo, mientras doy pequeños sorbos de agua. Contemplo el cauce del Turia que parece un auténtico río, llego de banda a banda con agua, sobrevolado por los pájaros. Recojo mis cosas y me pongo en pie, es momento de continuar un poco más adelante.

Seguimos caminado, el linde del río ya no tiene plantas, ni arbustos, sino que crecen en las paredes de los taludes, debe ser que sus raíces se extienden para tomar el agua de fluye por el cauce, tal vez hagan acción desaladora y puedan beber de ella sin tener problema alguno, la naturaleza es muy sabia.

Es curioso, durante estos días de confinamiento en que la gente no ha podido salir de sus  hogares, he estado mirando en la peregrinación que son muchos los animales que han tomado las calles o zonas en las que antes no podían deambular porque se asustaban del hombre. Las plantas hacen lo mismo, una vez que el hombre abandona un lugar, ellas se extienden para cubrir las obras artificiales que este ha realizado, recuperando lo que en un pasado le fue suyo.

Me encuentro otro puente, esta vez muy ancho, tan ancho que hace de «establo» para algunos de esos carros de metal, que aparecen parados en las sombras, paso rápidamente por su lado, pues no me gustan mucho. El final de la vía para ellos ha acabado y se extiende una larga calle donde aparecen varados carros de diferentes colores y formas. Unos más grandes, otros más pequeños. Más altos, más bajos, más estrechos, más anchos. Además, también hay alguno de esos extraños «caballos» de metal en los que sus jinetes protegen sus cabezas con yelmos semejantes a huevos de colores.

Cruzo un puentecillo que salva la acequia del canal y llego al final a la playa de los perros de Pinedo, playa en la que hoy no hay ningún galgo corriendo en busca de palos. Solamente se alza la cruz, la cruz por la que hoy he llegado hasta ella.

No tengo prisa ni estoy en mal lugar, por eso con calma busco un sitio donde sentarme y me relajo durante unos minutos, me quito las botas para descansar los pies y que les dé el aire y el sol. Además, aprovecho para quitarme también los vendajes y que se sequen un poco las llagas. Saco el pliego de papel y el pequeño carboncillo y me pongo a trazar lo que ven mis ojos. Una cruz que se levanta sobre una base de cuatro gradas octagonales y una columna de la misma índole. En el capitel, sencillo, están tallados los escudos coronados de la ciudad de Valencia.

Ilustración: Isabel Balensiya

No me extraña lo más mínimo descubrir que la cruz original se ha perdido, seguramente durante algún conflicto bélico, o por algún acto vandálico, y que la actual data de 1995, obra del escultor valenciano Jesús Castelló.

La forma como las antiguas, con brazos trilobulados en cuyo anverso encontramos a Cristo crucificado y en el otro lado a la Virgen María. También aparecen unos ángeles entre las nubes. Una bonita cruz.

Guardo el dibujo en la bolsa y me quedo ahí disfrutando del sol y de la brisa marítima. Esta vez sí me arriesgo a quitarme el cubrebocas y permito que mis pulmones se inunden con la brisa fresca del mar, abriéndolos y haciéndonos coger el aire que necesitamos para proseguir nuestro caminar.


 -----------------------------------------------------------------------COMENTARIOS DE LOS AMIGOS DEL GRUPO CLUB DE HISTORIA DE PUÇOL
14 de abril 2020. Capitulo: Pinedo

Maria Jesús: Encantador como siempre el relato

María Esperanza: precioso.


Cruz de la Pista de Silla (Cruces de término#12)


AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos. 

Año de Nuestro Señor 2020, décimo tercer día del mes de abril.

El sabor de la torta de nueces y pasas aún perdura en mi boca, mis manos aún conservan el aroma de la naranja. Ese ha sido mi desayuno de este día de hoy.

Después de hacerlo me he puesto el ungüento de caléndula en mis manos y mi rostro, para evitar la irritación de los guantes y el cubrebocas. Suspiro con fuerza mientras me los coloco de nuevo, otro día más que hay que protegerse de esa epidemia que parece que se ha quedado a vivir en Valencia.

El último mes podría haber salido de un versículo del libro del Apocalipsis, con sus jinetes sembrando el caos por donde pasan. El tiempo tampoco parece acompañar, es cierto que ayer hizo ese sol típico de Pascua, pero hoy vaticina el céfiro que volverán a rasgarse las nubes y a caer frías lágrimas en este triste mes de abril. ¡Qué diferencia con el año pasado! Cuando había ido en peregrinación por diversos monasterios de Valencia y Castellón.

Recuerdo con nostalgia aquellos maravillosos días de sol y libertad. Aguardando la esperanza de que pronto podrán volver. Ansío con ganas poder bañarme en el mar por San Juan y hacer los rituales tradicionales de esa noche mágica.

Pero, por ahora, tocar ir en peregrinación buscando las santas cruces del término de Valencia: una vez que cerremos el circulo, la energía y la protección caerán sobre nosotros.

Saco el mapa de la ruta para consultar el plan establecido para hoy, la llamada Cruz de la Pista de Silla. Por la ubicación en la que se halla seguramente que será de factura nueva, por aquello que nos contó el párroco de San Isidro, cuando Valencia mandó construir un río nuevo para su ciudad.

Sonrío levemente. Si algo bueno tenemos los valencianos es que sabemos salir bien de las desgracias que nos acontecen. El Turia se desborda y una devastación de agua y barro destroza la ciudad. El primer día, asustados, observamos los daños; el segundo día, enterramos a nuestros muertos, y al tercer día, resucitamos la ciudad, y si para ello tenemos que desviar un río que parte la ciudad desde época romana ¡lo hacemos!

Porque los valencianos juntos pudimos hacerle frente a la desgracia y pagarlo orgullosamente con ese pequeño tributo adicional que adjuntamos en las misivas que durante más de veinte años. Tal vez, aquello solo fue un pequeño pellizco. Pero en tiempos malos nos alimentamos de historias y creamos la leyenda de los llamado sellos del Plan Sur y cómo, con ellos, pagamos un río grandioso.

Muchos años después hemos hecho algo similar. Creamos el Hospital la Fe, uno de los más importantes del reino, con prestigiosos médicos que nos han ayudado en nuestros males. Ese hospital se quedó pequeño como el río y por eso que se construyó el nuevo Hospital la Fe, de mayor capacidad: el edificio que ahora ven mis ojos.

Aunque no soy mucho de recorrer hospitales, no puedo negar que es un gran recinto, muy bien dotado de instrumental médico y personal cualificado. Con esos médicos que a día de hoy están luchando a «capa y espada» con esta epidemia, un duelo a muerte para arrebatarle al enemigo la corona. Por eso creado un pequeño, pero gran hospital de campaña en el solar de frente al hospital.

Mi sangre valenciana está orgullosa, al saber todo esto que me han contado y que ahora pueden ver mis ojos. Camino tan deprisa como pueden mis pasos, pues no quiero molestar a la gente que ahí trabaja, pero tengo que bordear el hospital provisional para llegar a mi destino.

Mis botas pisan el polvo del camino, ya es terreno de «huerta» por decir algo, son terrenos a los que los edificios en forma de arca no han llegado. Me alegro, pues no me gustan, prefiero las casas de campo con su pequeño terreno alrededor.

Un rótulo metálico me avisa de que pronto llegaré a la «Autovía de Alicante con la avenida de Ausias March». Miro a los pies y veo que hay dientes de león amarillos, y algunos han cambiado la flor por esa espumosa pelusilla. Me agacho y recojo uno de ellos con cuidado, para que no se deshaga, igual que hacía en mi infancia. Cierro los ojos, pido un deseo acorde con el ambiente de estos días, y soplo con todas mis fuerzas… me quedo mirando cómo la pelusa se difumina en el cielo gris, mientras me pongo de nuevo el cubrebocas.

Las hierbas del camino me dan alegría: pequeñas con sus florecillas unas, otras largas hojas y algunas de más allá espinosas. Tuerzo a boca con disgusto al ver desechos por todos lados, ensuciando el suelo. Botellas de vidrio, esos cilindros metálicos que llevan zumo de frutas y hacen cosquillitas en la garganta, estuches de papel donde van esos canutos que se prenden y su humo huele mal, y otras cosas que no comprendo que son.

Estúpido es el hombre. La criatura más insensata, pues venera a un dios invisible y masacra una naturaleza visible, sin saber que esta naturaleza que él masacra es el dios invisible que él venera.

Sufro cuando veo basura en el campo, y son muchos los pasos que he dado por el campo, contemplado esta falta de respeto que le ofrece la gente. Ignoran que la Naturaleza nos hace el regalo más grande de todos: la vida, el resurgir una y otra vez.

Pero nosotros cargamos con esa cruz: no entender las cosas sencillas que nos rodean. Rodeo el baladre de flores blancas evitando rozarlo, pues es sumamente venenoso y, después de la «maldición de la primavera», prefiero no sufrir también de un envenenamiento. Aun así, es hermoso verlo y está enorme decorando la base de la cruz, que, como bien he intuido, es moderna.

Me siento en el suelo, resguardándome de las corrientes que hacen los carros de metal, sobre los ríos de asfalto negro, y saco un pliego nuevo para dibujar. Tendré que darme prisa en acabar la peregrinación, pues ya he consumido más de la mitad de mi carboncillo.

Ilustración Isabel Balensiya

Es muy sencilla de dibujar, no le añado mucho detalle. Apunto la descripción de obra de Antonio Sacramento. Sobre un pedestal se eleva un Cristo crucificado en forma «extraña», semeja como un lazo deshecho. Está realizado en hierro patinado en oro. En la base, una esfera de piedra con el escudo de la ciudad y una fecha: 3 de mayo de 1965.

Apenas pasan carros por las vías, así que me quedo con las piernas cruzadas sobre la tierra ante el crucifijo, mirando esas cintas de metal entrecruzadas, con los ojos entrecerrados, en un acto subconsciente de poder hallar la imagen de la divinidad. Unos minutos en señal de respeto, de devoción, de dar gracias por todas las vivencias ocurridas estos días y por la suerte que he tenido hasta llegar hasta donde estoy hoy y ser quien soy.

Observo el mapa y calculo la ruta que aún me queda por seguir, ya falta poco para llegar al final, para volver a ver brillar el sol de un nuevo amanecer.

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COMENTARIOS DE LOS AMIGOS DEL GRUPO CLUB DE HISTORIA DE PUÇOL
13 de abril 2020. Capitulo: Pista de Silla

Merche: Precioso.

34 653 99 ** **: Hola buenos días no hablo mucho pero me gustan mucho tus historias estoy esperando todos los días.

Josefa: Gracias Isabel, espectacular... Me ha encantado el párrafo de Estúpido es el hombre.....

Manoli: Gracias Isabel

Pilar Alberti: Gracias Isabel.

MJ: Precioso Isabel

Enriqueta: Me ha gustado mucho tu reflexión de hoy acerca del maltrato que el hombre da a la Naturaleza.Ojalá reconsideremos nuestra pésima actitud y aprendamos a respetarla más.Gracias por tu hermoso y significativo relato de hoy.Hasta mañana,Isabel

Rosa Ruiz: Gracias Isabel




Cruz cubierta del Camino de Xàtiva. (Cruces de término#11)


AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos. 

Año de Nuestro Señor 2020, décimo día del mes de abril.

He pasado toda la mañana de ayer y la noche en la casa parroquial. Los síntomas del día anterior han empeorado. No sé cómo sentirme. Feliz por no haberme infectado por la epidémica, pero con tristeza, pues tengo un mal aún peor. Algo que, según me ha comentado un vecino galeno del párroco, se llama alergia de primavera.

Tengo que aprender a convivir con un mal que se ha apoderado de mi cuerpo: me afecta respirar el aire de la primavera impregnado del aroma de las flores. ¡Maldición! ¿Dónde quedarán mis paseos por el campo?

El galeno me ha dicho que no me preocupe, que existe una medicina que evita que sientas los síntomas de la alergia. Me ha dado un pequeño paquete y me ha enseñado cómo debo tomarla.

Ahora ya es momento de continuar con la ruta. Consulto el plano, la siguiente cruz no está muy lejos, pero aun así es un buen paseo. La zona no es nada bonita, o por lo menos a mi parecer. Solamente son viviendas de esas en forma de arcas cuadradas, pero de muy baja calidad, la gente que vive en ellas son gente de bajos recursos económicos, en las afueras de Valencia.

Y, según he oído decir al galeno, en ciertos callejones a ciertas horas se puede encontrar «medicinas» y unas hierbas «marianas» que te pueden ayudar con los males del alma. Pero los mercaderes que las venden —que también deben comercializar con camellos— no son gente de fiar. Que mejor no hable con nadie, si es que eso es posible, pues es poca la gente que veo en mi caminar.

Vuelvo a pasar por el rebaño de esos transportes gigantes y rojos. Me han dicho dicho que se llamaban «autobuses» y sirven para trasportar a las personas por la ciudad. Lo que yo pensaba: suben allí arriba como si fueran borregos en un carro. Creo que será mejor no aventurarme a tomar uno de ellos.

Paso de largo y sigo caminando junto a unos muros; a mi izquierda, hasta donde se pierde la vista, hay un muro alto de piedra y ladrillo con los escudos labrados de la ciudad de forma simplificada. Sobresalen de lo alto del muro unos cipreses que agitan sus puntas con la ligera brisa. Mis ojos rápidamente empiezan a llorar y mis pulmones se siente muy pesados.

Sigo y sigo caminando hasta que puedo doblar la esquina de ese muro. No me sorprendo cuando veo más muro idéntico y sigo caminando, bordeándolo, pues al fondo de la calle, ya veo algún edificio de viviendas.

Finalmente, descubro que ese muro es el muro al que tienen tanto miedo las personas, es el muro que guarda las Villas de Reposo Eterno; sobre la puerta, con la reja que representa una lechuza, puedo leer el rótulo, un escalofrío me recorre por dentro: «Cementerio Municipal de Valencia».

Cruzo la calle sin pensar, para alejarme de ese lugar, y me enfrento a la puerta de una tienda de flores que a mi agradecer apenas tienen en las vasijas azules, solo unos claveles y unas rosas, salgo corriendo por un callejón denominado Tomás de Villarroya.

Ha sido salir de la sartén para caer en las brasas. Es un campo: mis ojos comienzan a emborronarse la vista por las lágrimas y toso con fuerza. Me tropiezo y caigo al suelo, la nube de polvo se levanta levemente a mi alrededor y estornudo. Me froto las rodillas me escuece la herida. 

Aún queda un poco más para salir a un ancho rio de asfalto negro, con árboles y zonas de jardín por las sendas de los viandantes. Busco las líneas blancas del suelo y las salto en cuanto el farol se prende en verde. Llego a un pequeño parque con un camino sinuoso y consulto el plano de nuevo. Solo tengo que seguir la calle de Tomas de Villarroya hasta el final.

No termino aun de recorrer la calle cuando veo ante mí la Cruz Cubierta del Camino de Xàtiva, más conocida por la gente del barrio como la «Creu Coberta».

Se encuentra en medio de una vía para carros de metal. No me atrevo a cruzar hasta allí, así que desde la zona donde me hallo saco un pliego de papel y lo apoyo sobre la fachada del edificio que tengo a mi vera. Comienzo a trazar rápidamente el boceto de lo que ven mis ojos.

Ilustración: Isabel Balensiya. 

A continuación, añado la descripción de todo: Obra gótica realizada en 1376 por un autor desconocido. Joan del Poyo y el tallista Johan Llobet, en 1432, la renovaron por petición de la Fábrica de Murs e Valls.

En el siglo XVI, el templete volvería a ser restaurado y, en 1898, José Aixá realizó una reconstrucción completa de la obra. Es de bóveda gótica de crucería octopartita, la plementería se decora en color blanco y dorado en la línea de los nervios. En su origen, policromada por Nicolás Querol.

El tejado es de chapitel de teja vidriada roja y azul. Los arcos son ojivales, en la clave de la bóveda el escudo de la ciudad. Cuatro contrafuertes sujetan el casalicio.

Sobre una basa circular, tenemos el pilar octogonal de la cruz, que es de piedra con adornos tallados figurativos, muy del estilo gótico-renacentista. Aparece la iconología clásica de la Virgen y San Juan. También Dios con dos orantes a los pies. Además, en el capitel hay santos y escudos de la ciudad coronados.

Camino calle abajo hacía la avenida que anteriormente he dejado; una vez ahí, sigo caminando en recto, hacía el este por la calle llamada Fernando Abril Martorell. Según el plano, está muy próxima la siguiente cruz, pero tal vez antes busque un lugar donde descansar unos minutos, comer algo y tomar el medicamento para este nuevo mal que me persigue.

Miro al cielo y tengo fe de que esto pronto acabe.


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COMENTARIOS DE LOS AMIGOS DEL GRUPO CLUB DE HISTORIA DE PUÇOL
10 de abril 2020. Capitulo: Camino Viejo de Xàtiva

Chimo: Es increible la gran cantidad de datos historicos y arquitectonicos con que documentas tus visitas a las cruzes y los mil detalles que nos ofreces en tu rrecorrido, como el de la lechuza a la entrada del cementerio, maravillosos tus relatos.

Pilar Alberti: Genial. Isabel.

Pilar Aznar: enhorabuena Isabel
Rosa Ruiz: Bravo Isabel!
Susana: Gracias Isabel.
Mati: Gracias
Chimo Collado: Un aplauso Isabel
Enrriqueta: Muchas gracias por la compañía tan interesante de tus relatos.No me canso de leerlos y hasta mañana.
Mari Carmen: Bravo
Angeles Varona: Genial Isabel

Cruz de Mig Camí (Cruces de término#10)


AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos. 

Año de Nuestro Señor 2020, noveno día del mes de abril.

Con un sobresalto me despierto del banco de la plaza de la cruz de Mislata. El corazón me bombea con fuerza, noto cómo la sangre fluye por debajo de mi piel. Hago un ademán de llevarme las manos al rosto, pero están cubiertas con unos guantes blancos, del mismo color que el cubrebocas. La furia crece en mí por momentos, de un fuerte tirón me arranco los guantes y los lanzo lejos de mí, sobre el pavimento, al igual que la cubrebocas. Me froto, me froto con ganas la cara. Quiero lavármela y encuentro a unos cuantos metros de mí una fuente en la plaza; por suerte, tiene agua.

¿Hasta cuándo tenemos que vivir con esto? Siento que me va a estallar la cabeza, me tiembla el ojo derecho…

Me hago un pequeño masaje en la base del cuello. A continuación, muevo los brazos como su estuviera nadando en el rio y me froto la parte baja de la espalda. Mis riñones están cansando de soportar la carga del saco con mis pertenencias de viaje.

Suspiro con fuerza, queda menos de una semana para acabar el peregrinaje. Por haber visitado todas y cada una de las cruces de término que tiene la capital del Turia.

Busco las escaleras, las bajo nuevamente para salir a la vía de los carros y continúo recto por ella, hasta llegar a una mucho más ancha. Leo el letrero azul sobre la fachada de un edificio «Carrer Nou d’Octubre». Debe estar próxima.

Sonrío con desgana al ver cómo no he errado, allí en una esquina está la «estación» o como me gusta llamarlo: el embarcadero del gusano de metal. Bajo los escalones despacio, pues no me quiero coger a la barandilla, aún no llevo los guantes puesto. Me paro en unos escalones y tomo aire con fuerza, me cuesta tomarlo y toso un poco.

Por instinto, me llevo la mano al pecho, para calmarme. Tomo aire muy lentamente y lo expulso despacio. Toso de nuevo. Me llevo la mano a la frente, parece que no tengo fiebre.

Dios ¿por qué este malestar? Llego a la entrada de la madriguera y busco la fuente de las estampas donde comprar otro pasaje para las entrañas de la bestia. Antes rebusco en mi saco, saco la caja de papel grueso y extraigo un par de guantes que me coloco no sin esfuerzo. Siento cómo me pesan los pulmones.

Rebusco en mi faldriquera para sacar un maravedí y medio de esas extrañas monedas. Coloco la estampa en la ranura del artefacto, y toco el vidrio con inscripciones. La luz brillante y blanca me hiere los ojos y comienzan a lagrimear, parpadeo varias veces para retirar las lágrimas. Con el desdén de un gato viejo, voy dando manotazos a las indicaciones de la pantalla, finalmente con satisfacción veo el letrero de «imprimiendo billete».

Cojo la estampilla y la hago pitar sobre el murete de metal para que me ceda el paso al interior del embarcadero. Hay dos tramos de escaleras, uno de piedra como los de toda la vida, el otro son esas que se mueven solas. No tengo prisa, así que piso sobre el primer peldaño de metal y dejo que me lleve hacia abajo.

Un escalofrío me recorre el cuerpo, la cabeza la siento como si tuviera un tamborilero dentro de ella. Tengo que esforzar los pulmones a que se hinchen tomando aire.

¿Será posible que haya enfermado en ese rato sin la protección facial? Toso con fuerza, un par de veces. Hay tres personas que se alejan de mí.

Acabo de caer en la cuenta de que me he metido en el tren subterráneo sin mirar siquiera dónde tengo que bajar. Me acerco a uno de los extraños tapices de colores de la pared, el señor que está junto a él apoyado me mira horrorizado y huye de mi presencia. Debo de hacer mala cara, lo sé. Vuelvo a toser. Masajeo las sienes buscando así un reposo momentáneo del tamboreo mental.

¡Maldición! Tengo que abordar otro tren. Pienso en el chico que me ayudó en aquella ocasión, ojalá estuviera aquí. Sobre todo, hoy que no tengo la cabeza para pensar mucho. ¿Qué me estará pasando?

Según el tapiz de rutas, tengo que coger el primer «tren» para llegar al embarcadero llamado Ángel Guimerà. Una vez allí, hacer transbordo y tomar otro de la ruta amarilla, para llegar a Sant Isidre.

Llega por fin el gusano de metal y me introduzco en él. Unos pocos minutos después estoy bajando en el embarcadero del arcángel ese. Espero que me proteja, porque me siento empeorar por minutos.

Un rótulo me indica que tengo que subir las escaleras en busca de la ruta amarilla. No hay absolutamente nadie. Echo muchísimo de menos la compañía de mis amigos.

El tener que subir y bajar escaleras hace que vuelva a toser en reiteradas ocasiones. Busco la calabaza de agua del saco, me quito el cubrebocas y bebo unos cuantos tragos, poco a poco con cuidado, he descubierto que me duele la garganta al tragar.

Siento la corriente de aire que hace la bestia cuando recorre sus galerías subterráneas, guardo la cantimplora en el saco y me subo en el tren.

No hay absolutamente nadie. Ni un alma. Ni siquiera esa gente sarracena que me da repelús encontrarme por la calle. Miro el cartel, tengo que bajar en el quinto apeadero.

No hay absolutamente nadie. Necesito sentir compañía y lo único que hago es derrumbarme, lloro, lloro en silencio, como si eso me fuera a importar, si no hay nadie que pueda verme. Los ojos me arden, en la cabeza siento que me trota un caballo al galope, y los pulmones parecen no querer hincharse del peso de la ropa que parece oprimirlos.

Cierro los ojos, unos minutos de descanso, por favor.

«Sant Isidre», nombra la dama invisible. Abro los ojos y recojo el saco del suelo, me lo cuelgo del hombro y salgo al andén. Miro para la derecha, para la izquierda, por fin hallo la escalera para salir a la calle. Tal vez el aire fresco me ayude a despejarme, siento como si fuera a desmayarme.

Consulto el mapa de ruta y veo que sólo tengo que caminar recto por una calle hasta llegar al pequeño jardín de una iglesia.

Ya llevo medio camino hecho cuando veo unos inmensos carros de metal rojo y muy largos. Están dispuestos como un rebaño de ovejas. Sobre uno de sus costales unas iniciales en blanco: EMT. ¿Podré viajar en ellos algún día?

Unos pocos metros más adelante y llego al jardín. Busco dónde sentarme, vuelvo a toser. Saco un pañuelo de mi bolsillo y me limpio las lágrimas de mis ojos. Me pican mucho. Extraigo el pliego de papel y me pongo a dibujar. Afortunadamente, la cruz de hoy es fácil de trazar. En un fuste octogonal, alzado sobre una grada circular de tres escalones, se levanta una pequeña cruz de hierro forjado que rinde homenaje a sus compañeras desaparecidas. Hay una placa con el año de creación.

Ilustración: Isabel Balensiya 

Apenas estoy acabando cuando se ha acercado un hombre mayor, y me ha preguntado si me interesaba la cruz. Al decirle que sí, me ha dicho esta cruz no está en su lugar original. En un principio se hallaba en el Camino Viejo de Torrente desde 1556, sufrió en la llamada Guerra Civil Española y que su nuevo lugar se debe a que la restituida en la década de los años 40, fue derribada por las obras del nuevo río Turia. La que he estado dibujando data de 1975, pagada por los festeros del Santísimo Cristo de la Fe del barrio de San Isidro.

La parroquia que tengo delante de mis ojos está protegida bajo la titularidad de San Isidro Labrador, el hombre mayor me ha invitado a pasar, pues es su párroco. Yo se lo agradezco. Recojo mis bártulos e intento a la vez ahogar las ganas de toser en el brazo cubierto con mis ropajes. Expiro con fuerza aire.
Espero mañana poder continuar mi recorrido…

COMENTARIOS DE LOS AMIGOS DEL GRUPO CLUB DE HISTORIA DE PUÇOL 9 de abril 2020. Capitulo: Mig Camí

Mari Carmen: Q imaginación tienes

Enriqueta: Espero que el peregrino tenga fuerzas para continuar con su misterioso viaje.Hasta mañana,Isabel,con tu nueva y entretenida historia.Gracias

Pilar Alberti: Precioso relato!!Pero temo de que te has infectado.