martes, 3 de agosto de 2021

¡Oh Sultana mía ! (Esencias de Valencia#7 )

 


 

Caía la noche, el rey desde la terraza del alcázar contempló la ciudad, los arrabales, los jardines vecinos. El cielo del color de la dulce sangre del fruto del naranjo era atravesado por bandadas de pájaros.

Habían aparecido sobre el firmamento las primeras estrellas, hermosas brillaban como diamantes. Los rayos del sol mortecino teñían de azafrán el río que serpenteaba entre las maravillosas huertas.

En el azul de su mirada mostraba satisfacción de ver cumplidos, al fin, sus sueños. Con los ojos húmedos por la emoción grito: «¡Valencia eres mía!»

Su robusto cuerpo de guerrero se estremeció, y sintió que sus piernas firmes como columnas de mármol de derrumbaban al escuchar su propio grito. Fue entonces, en aquel momento, cuando supo que acababa de tomar posesión del paraíso.

De Valencia, un paraíso ganado con esfuerzo.

Quizás yo nunca sentiré, lo mismo que el Jaime I, pero si que puedo decir: «¡Valencia, soy tuya!» Porque ¡Oh, Sultana mía! Vos me vais engendrar en vuestras entrañas. Yo nací y crecí en vuestras calles.

Cuando recorro vuestra piel de asfalto, piedra y jardines, voy murmurando los nombres de vuestras calles, como si fueran una oración que me produce un éxtasis místico y entonces me siento mía.

Conozco todos vuestros secretos, vuestra la historia. Valencia, la clara. Sois la ciudad más hermosa de España, femenina y nupcial. Dos veces desposada con el Cid de Castilla y con Jaime de Aragón.

Ciudad de Luz, capital de la alegría, sede del buen vivir, dónde la fiesta no estorba al trabajo y el trabajo es fiesta: la noche de San José, donde la mágica claridad ilumina la multitud silenciosa. El fuego prende devorando todo un año de trabajo. Es el maravilloso ritual de las fallas.

El Día de María, Virgen de los Desamparados, patrona de los buenos valencianos, cuando Valencia hueles a jardín, la vieja imagen avanza sobre una fervorosa marea humana, amparando a todos bajo su manto.

Valencia, sois tierra de fronteras, confín del gótico y el árabe, donde los linajes aragonés y castellanos se encuentran, se entrecruzan y se confunden las sangres y hablas mezclándose con los viejos valencianos y recuerdos del esplendor musulmán.

Alegre polvorín para quienes saben copiar con trazos de fuego, en el alto de los cielos, los jardines de palmeras de la tierra.

Universitarios protegidos por la sombra de Lluis Vives. Cuna de artistas que guardan en la sangre el ancestral secreto de las formas, los colores y las melodías, encrucijada comercial en la anida la antigua sabiduría mediterránea, compartiéndola en la fortaleza financiera de la Lonja.

Valencia ¡Oh, Sultana mía! Sois ciudad de brazos abiertos, ciudad de puertas abiertas que miran hacía las altas tierras de donde descienden las aguas de tu amado Turia, tu esposo. Fecundando tus campos.

Valencia todo a vuestro alrededor es hermoso, incluso vuestra bandera, que parece un campo de trigo donde nacen cuatro amapolas bajo el azul de un cielo iluminado por el sol.

Porque una cosa es cierta, solo en Valencia, reluce tanto el cielo y es tan azul… como los ojos de Don Jaime que os contempló como padre orgulloso y os amó como enamorado.

¡Oh Sultana mia! Este campo del cual he hablado antes, nunca será destruido, porque una oscura bestia, emblema de vampiros, cuida con fiereza de vuestra Real Señera y la sujeta fuertemente entre sus garras para que no se postre en tierra ¡ni ante un rey!

Vuestra Señera tricolor está llena de símbolos: oro, rojo y azul. Lo que es lo mismo: Patria, Libertad y Amor.

Valencia ¿Acaso no sabéis porque es? Oro es Patria, por tu Sala Dorada, donde se reúnen y se reunieron vuestros gobernantes. Rojo es el recuerdo de Ausias March, halconero del rey, poeta valenciano que cantaba a la sangre que derramaron los hombres por vuestra libertad. Azul es el color del cielo que nos prometía el santo medieval, San Vicente Ferrer, que con sus discursos sencillos y domésticos, hacía tronar la palabra encendida y dramática, llevando las calles de relatos apocalípticos junto al Amor al Señor.

Las calles llenas también de torres como la hermosa Santa Catalina, una autentica obra de orfebrería, pero no plata, sino de piedra viva. A sus pies se viene a disfrutar de la horchata, el líquido de oro como lo denominó un sediento Don Jaime.

En su sombra vinieron a reposar las pescaderas de Blasco Ibáñez, como sacada de su libro “Flor de Mayo”. Las mujeres se refrescaban con la legendaria bebida, cansadas del sol tan luminoso de la playa de arenas blandas donde Sorolla plantaba su caballete y pintaba como el dorado sol valenciano se reflejaba en el agua, donde los niños desnudos e inocentes jugaban a saltar las olas. Mientras el pintor plasmaba en sus lienzos el movimiento de las velas hinchadas y los pescadores sacando se sus redes la plata viva del pescado.

Valencia ¡Oh Sultana mia!

Todo en vos era hermoso, hasta que una madrugada, vuestro amado esposo Turia, se enfureció como un arcaico dios de eso que ni el nombre queda, y arrasó destruyéndoos.

Valencianos ¡Contemplad a Valencia!

Sus vestidos de seda roja, amarilla y azul están manchados de barro y desgarrados como su alma, pero aún así y con sufrimiento que causo la riada del 57, nos levantamos solidarios a ayudarte.

Siempre que ha ocurrido una desgracia y hemos caído al suelo. Nosotros los valencianos, hemos sido los primeros en levantarnos. Y seguiremos levantándonos por vos Valencia ¡Sultana nuestra!

Dentro de algunos años, cuando yo sea un puñado de polvo que se confunda con al polvareda de un campo abandonado, y mi garganta calle para siempre como una acequía sin su tradicional murmullo de agua fresca… Seguirán existiendo vuestro hijos, los valencianos. Que os animaran a luchar y a sobrevivir por los siglos de los siglos, con su cotidiano grito de guerra un tanto deportivo.

 

¡Amunt Valencia!
              ¡Amunt! 


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