viernes, 17 de abril de 2020

La Cruz del yo mismo (Cruces de Término#16)

AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos. 


Solamente he caminado en línea recta, siguiendo mi instinto entre las calles de ese poblado que llaman Canyamelar. Lo he cruzado y perdido siguiendo mi olfato el aire fresco del mar por las calles del barrio llamado Cabañal, sus casas bajas, de las familias de pescadores, son una muestra de colorido, de alegría y manifiestan la sencillez con la que una persona puede vivir feliz. Se ve un barrio tranquilo, y aunque, a días de hoy, no hay nadie por la calle. Intuyo que seguramente no haya mucho trasiego por él, como lo hay por otros sitios de la ciudad.

Finalmente llego a mi destino: el paseo marítimo. Me quito el cubrebocas y los guantes, ya no quiero volver a usarlos más y aspiro con todas mis fuerzas el aire del mar y de un brinco salto el pequeño murete que quiere contener toda la arena de la playa. Me lanzo a correr hasta la orilla, todo lo rápido que me dan las botas en la arena, bajo esta mañana de sol, mis pies fallas a pocos metros de llegar a la orilla del mar y caigo de rodillas. El destino lo ha querido así.

Suspiro cargando mis pulmones de aire de mar puro, cojo un puñado de arena entre las manos y dejo que discurra entre mis dedos, es tan agradable la sensación después de tantos días usando guantes.

Cierro los ojos y me concentro en el sonido de las olas durante un minuto, los abro despacio y es cuando suavemente y la punta de los dedos abro un pequeño hueco en la arena, como una pequeña tumba. Rebusco en mi bolsa y extraigo el pequeño carboncillo, que me ha acompañado durante este largo viaje, apenas tienes tres centímetros. Lo pongo sobre la palma de mi mano y lo cubro con la derecha. Y rezo, rezo a mi manera, sin invocar ninguna imagen sacra, sino dando gracias a la Naturaleza por haberme ayudado en mi caminar, por todo lo que he descubierto y por el haberme conocido un poco más. Esto ha sido una aventura, un viaje en tiempos de epidemia, dónde aprendes sin querer a meditar en la soledad en la que encierras mentalmente. Ahora se ha comprendido el sentido de libertad, esa libertad que tienen las pequeñas cosas, como es poder ir a la tienda a comprar, aunque sea un simple carboncillo o un poco de tinta para escribir, poder entrar en un horno y sentir el calorcito o el aroma del pan recién hecho. El tacto frío de la barra del metro a la que te agarras todos los días para ir a trabajar, el trasiego del día a día, el ir a hacer tus recados a pie, pues no disponemos de un carro de metal y recurrimos solo a los gusanos subterráneos cuando hay necesidad.

Hoy en día vivimos con una situación acomodada, sencillez, aunque no la veamos. Pues en un solo edificio podemos encontrar todo lo que necesitamos para vestir o comer, sin tener que ir en peregrinación por toda la ciudad como lo hacían nuestras madre o abuelas hace tantos años atrás.

Con un simple teléfono móvil, o espejo-brújula mágicos, podemos tener el contacto de cualquier persona o conocer donde está cada cosa, sin necesidad de salir de casa, o de llevar grandes pliegos de papel con nosotros en los viajes. Vivimos tan cómodamente, que no nos hemos dado cuenta de ello, hasta que se ha parado el mundo.

Así que, cuando todo esto vuelva a poner en marcha, cuando puedas libremente salir de nuevo a la calle, saborea y aprecia todas estas pequeñas cosas que la Naturaleza o tu Dios te proporcionan.

Con estos pensamientos coloco el trocito de carboncillo en el hueco que he excavado y lo cubro con la arena. Amontono encima unos cuantos guijarros imitando una estela funeraria en miniatura, me arranco el crucifijo de plata que pende de mi cuello y lo dejo junto al túmulo, creando una pequeña cruz de término, porque aquí termina mi viaje y tal vez tú, algún día comiences el tuyo, al encontrarlo.


 


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