martes, 14 de abril de 2020

Cruz de Pinedo (Cruces de Término# 13)


AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos. 



Año de Nuestro Señor 2020, décimo cuarto día del mes de abril.

Afortunadamente el trasiego de los carros de metal es muy poco, razón por la cual puedo ir andando por el linde del río de asfalto negro y cruzar el puente de ese nuevo río.

Ahora solamente me espera un largo camino, bordeando el río hasta el mar. A la altura por donde he cruzado, el agua marítima alcanza hasta ese puente, da la sensación de que por el río fluye el Turia. Pero no es así, eso el Mediterráneo explorando tierra adentro.

Camino con mucho cuidado por la zona de tierra entre los taludes del río y la vía de los carros de metal. A cada paso que doy, voy viendo cómo las plantas asilvestradas crecen más grandes y verdes, tal vez por la humedad del lecho del río.

Tengo la sensación de que estoy en el campo, pero lo cierto es que no es así, entre las hierbas de este camino improvisado encuentro basuras como las de ayer, y eso me entristece. ¿Será que no hay un trozo de tierra en Valencia en el que no haya basuras?

El agua marrón verdosa que había visto al principio de mi caminar, poco a poco se va viendo más azul, indicando que hay un poco más de profundidad y de agua. El cielo azul claro, salpicado con alguna nubecilla de algodón, se refleja sobre la superficie.

Oigo el sonido de las gaviotas que ascienden por el cauce en busca de algo de comer en las aguas o entre las plantas, algún bicho que se convierta en su manjar matutino.

Encuentro un tramo del camino en el que, con cuidado, tengo que pasar rozándome entre las gramíneas secas, cuyas espigas se agitan haciendo un ligero sonido similar al siseo de una serpiente. Por el otro costado, baladres de flores blancas y rosas. Observo cómo las hojas están cubiertas de ese líquido viscoso venenoso. Pasados los grandes setos, mis pies se encuentran con grandes pedruscos blancos.

Camino intentando no tropezarme, pues no puedo evitar caminar mientras la vista la mantengo en el río y sus aguas, que hoy tienen un bonito color turquesa. Los setos de baladre cada vez se hacen más numerosos. Agradezco haberme tomado el medicamento para la «maldición de primavera» que hace poco he descubierto que sufro.

El solecito de hoy invita a caminar, la peregrinación está siendo agradable. Observo las edificaciones cada vez más extrañas que voy viendo, son una especie de entramado de vigas blancas de hierro o edificios en forma de arca. Al fondo veo unas grandiosas grúas, similares a aquellas que vi una vez durante la construcción de una catedral.

Encuentro un puente de obra moderna, que sobre el río pasan rápidamente un par de carros veloces. De ladrillo y hormigón. A su sombre me detengo un momento y extraigo de mi saco de pertenencia el plano de ruta para consultar cuánto me falta para poder llegar a la próxima cruz.

Apenas falta un trecho para llegar hasta ahí, sólo unos cuantos metros más. Tomo un sorbo de agua de la calabaza transparente y continuo mi caminar.

Me asombro al descubrir que, nada más pasar el puente, ya no hay baladres ni vegetación alguna, parecen haber sido arrancados. Aunque sean malas hierbas o plantas venenosas, con sus flores y verdor proporcionan frescor, es agradable su contemplación, nos liberan de la opresión de la ciudad, no me gusta que las hayan quitado. La sensación de exposición a los carros de metal va en aumento. Me gustaba sentir la protección que me daban las plantas.

Unos cuantos metros más adelante encuentro árboles, varios árboles que crecen al borde de los taludes del río. Sus pequeñas hojas verdes brillantes se mueven tiernas con la suave brisa marítima que llega hasta ellas. El suelo está lleno de pequeñas manchas de sombra que dan frescor a la travesía. Paso a paso, nos vamos acercando un poco más. Las tripas empiezan a rugir con hambre. Debe ser ya hora de almorzar, voy buscando una sombra de esos arbolitos para poder comer, y es cuando descubro una higuera con sus olorosas hojas verde oscuras, ese aroma como de miel que desprende hace que se me abra el apetito.

Saco del interior de mi bolsa unas viandas de viaje y con la navaja voy cortando pequeños trozos que voy ingiriendo, mientras doy pequeños sorbos de agua. Contemplo el cauce del Turia que parece un auténtico río, llego de banda a banda con agua, sobrevolado por los pájaros. Recojo mis cosas y me pongo en pie, es momento de continuar un poco más adelante.

Seguimos caminado, el linde del río ya no tiene plantas, ni arbustos, sino que crecen en las paredes de los taludes, debe ser que sus raíces se extienden para tomar el agua de fluye por el cauce, tal vez hagan acción desaladora y puedan beber de ella sin tener problema alguno, la naturaleza es muy sabia.

Es curioso, durante estos días de confinamiento en que la gente no ha podido salir de sus  hogares, he estado mirando en la peregrinación que son muchos los animales que han tomado las calles o zonas en las que antes no podían deambular porque se asustaban del hombre. Las plantas hacen lo mismo, una vez que el hombre abandona un lugar, ellas se extienden para cubrir las obras artificiales que este ha realizado, recuperando lo que en un pasado le fue suyo.

Me encuentro otro puente, esta vez muy ancho, tan ancho que hace de «establo» para algunos de esos carros de metal, que aparecen parados en las sombras, paso rápidamente por su lado, pues no me gustan mucho. El final de la vía para ellos ha acabado y se extiende una larga calle donde aparecen varados carros de diferentes colores y formas. Unos más grandes, otros más pequeños. Más altos, más bajos, más estrechos, más anchos. Además, también hay alguno de esos extraños «caballos» de metal en los que sus jinetes protegen sus cabezas con yelmos semejantes a huevos de colores.

Cruzo un puentecillo que salva la acequia del canal y llego al final a la playa de los perros de Pinedo, playa en la que hoy no hay ningún galgo corriendo en busca de palos. Solamente se alza la cruz, la cruz por la que hoy he llegado hasta ella.

No tengo prisa ni estoy en mal lugar, por eso con calma busco un sitio donde sentarme y me relajo durante unos minutos, me quito las botas para descansar los pies y que les dé el aire y el sol. Además, aprovecho para quitarme también los vendajes y que se sequen un poco las llagas. Saco el pliego de papel y el pequeño carboncillo y me pongo a trazar lo que ven mis ojos. Una cruz que se levanta sobre una base de cuatro gradas octagonales y una columna de la misma índole. En el capitel, sencillo, están tallados los escudos coronados de la ciudad de Valencia.

Ilustración: Isabel Balensiya

No me extraña lo más mínimo descubrir que la cruz original se ha perdido, seguramente durante algún conflicto bélico, o por algún acto vandálico, y que la actual data de 1995, obra del escultor valenciano Jesús Castelló.

La forma como las antiguas, con brazos trilobulados en cuyo anverso encontramos a Cristo crucificado y en el otro lado a la Virgen María. También aparecen unos ángeles entre las nubes. Una bonita cruz.

Guardo el dibujo en la bolsa y me quedo ahí disfrutando del sol y de la brisa marítima. Esta vez sí me arriesgo a quitarme el cubrebocas y permito que mis pulmones se inunden con la brisa fresca del mar, abriéndolos y haciéndonos coger el aire que necesitamos para proseguir nuestro caminar.


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14 de abril 2020. Capitulo: Pinedo

Maria Jesús: Encantador como siempre el relato

María Esperanza: precioso.


Cruz de la Pista de Silla (Cruces de término#12)


AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos. 

Año de Nuestro Señor 2020, décimo tercer día del mes de abril.

El sabor de la torta de nueces y pasas aún perdura en mi boca, mis manos aún conservan el aroma de la naranja. Ese ha sido mi desayuno de este día de hoy.

Después de hacerlo me he puesto el ungüento de caléndula en mis manos y mi rostro, para evitar la irritación de los guantes y el cubrebocas. Suspiro con fuerza mientras me los coloco de nuevo, otro día más que hay que protegerse de esa epidemia que parece que se ha quedado a vivir en Valencia.

El último mes podría haber salido de un versículo del libro del Apocalipsis, con sus jinetes sembrando el caos por donde pasan. El tiempo tampoco parece acompañar, es cierto que ayer hizo ese sol típico de Pascua, pero hoy vaticina el céfiro que volverán a rasgarse las nubes y a caer frías lágrimas en este triste mes de abril. ¡Qué diferencia con el año pasado! Cuando había ido en peregrinación por diversos monasterios de Valencia y Castellón.

Recuerdo con nostalgia aquellos maravillosos días de sol y libertad. Aguardando la esperanza de que pronto podrán volver. Ansío con ganas poder bañarme en el mar por San Juan y hacer los rituales tradicionales de esa noche mágica.

Pero, por ahora, tocar ir en peregrinación buscando las santas cruces del término de Valencia: una vez que cerremos el circulo, la energía y la protección caerán sobre nosotros.

Saco el mapa de la ruta para consultar el plan establecido para hoy, la llamada Cruz de la Pista de Silla. Por la ubicación en la que se halla seguramente que será de factura nueva, por aquello que nos contó el párroco de San Isidro, cuando Valencia mandó construir un río nuevo para su ciudad.

Sonrío levemente. Si algo bueno tenemos los valencianos es que sabemos salir bien de las desgracias que nos acontecen. El Turia se desborda y una devastación de agua y barro destroza la ciudad. El primer día, asustados, observamos los daños; el segundo día, enterramos a nuestros muertos, y al tercer día, resucitamos la ciudad, y si para ello tenemos que desviar un río que parte la ciudad desde época romana ¡lo hacemos!

Porque los valencianos juntos pudimos hacerle frente a la desgracia y pagarlo orgullosamente con ese pequeño tributo adicional que adjuntamos en las misivas que durante más de veinte años. Tal vez, aquello solo fue un pequeño pellizco. Pero en tiempos malos nos alimentamos de historias y creamos la leyenda de los llamado sellos del Plan Sur y cómo, con ellos, pagamos un río grandioso.

Muchos años después hemos hecho algo similar. Creamos el Hospital la Fe, uno de los más importantes del reino, con prestigiosos médicos que nos han ayudado en nuestros males. Ese hospital se quedó pequeño como el río y por eso que se construyó el nuevo Hospital la Fe, de mayor capacidad: el edificio que ahora ven mis ojos.

Aunque no soy mucho de recorrer hospitales, no puedo negar que es un gran recinto, muy bien dotado de instrumental médico y personal cualificado. Con esos médicos que a día de hoy están luchando a «capa y espada» con esta epidemia, un duelo a muerte para arrebatarle al enemigo la corona. Por eso creado un pequeño, pero gran hospital de campaña en el solar de frente al hospital.

Mi sangre valenciana está orgullosa, al saber todo esto que me han contado y que ahora pueden ver mis ojos. Camino tan deprisa como pueden mis pasos, pues no quiero molestar a la gente que ahí trabaja, pero tengo que bordear el hospital provisional para llegar a mi destino.

Mis botas pisan el polvo del camino, ya es terreno de «huerta» por decir algo, son terrenos a los que los edificios en forma de arca no han llegado. Me alegro, pues no me gustan, prefiero las casas de campo con su pequeño terreno alrededor.

Un rótulo metálico me avisa de que pronto llegaré a la «Autovía de Alicante con la avenida de Ausias March». Miro a los pies y veo que hay dientes de león amarillos, y algunos han cambiado la flor por esa espumosa pelusilla. Me agacho y recojo uno de ellos con cuidado, para que no se deshaga, igual que hacía en mi infancia. Cierro los ojos, pido un deseo acorde con el ambiente de estos días, y soplo con todas mis fuerzas… me quedo mirando cómo la pelusa se difumina en el cielo gris, mientras me pongo de nuevo el cubrebocas.

Las hierbas del camino me dan alegría: pequeñas con sus florecillas unas, otras largas hojas y algunas de más allá espinosas. Tuerzo a boca con disgusto al ver desechos por todos lados, ensuciando el suelo. Botellas de vidrio, esos cilindros metálicos que llevan zumo de frutas y hacen cosquillitas en la garganta, estuches de papel donde van esos canutos que se prenden y su humo huele mal, y otras cosas que no comprendo que son.

Estúpido es el hombre. La criatura más insensata, pues venera a un dios invisible y masacra una naturaleza visible, sin saber que esta naturaleza que él masacra es el dios invisible que él venera.

Sufro cuando veo basura en el campo, y son muchos los pasos que he dado por el campo, contemplado esta falta de respeto que le ofrece la gente. Ignoran que la Naturaleza nos hace el regalo más grande de todos: la vida, el resurgir una y otra vez.

Pero nosotros cargamos con esa cruz: no entender las cosas sencillas que nos rodean. Rodeo el baladre de flores blancas evitando rozarlo, pues es sumamente venenoso y, después de la «maldición de la primavera», prefiero no sufrir también de un envenenamiento. Aun así, es hermoso verlo y está enorme decorando la base de la cruz, que, como bien he intuido, es moderna.

Me siento en el suelo, resguardándome de las corrientes que hacen los carros de metal, sobre los ríos de asfalto negro, y saco un pliego nuevo para dibujar. Tendré que darme prisa en acabar la peregrinación, pues ya he consumido más de la mitad de mi carboncillo.

Ilustración Isabel Balensiya

Es muy sencilla de dibujar, no le añado mucho detalle. Apunto la descripción de obra de Antonio Sacramento. Sobre un pedestal se eleva un Cristo crucificado en forma «extraña», semeja como un lazo deshecho. Está realizado en hierro patinado en oro. En la base, una esfera de piedra con el escudo de la ciudad y una fecha: 3 de mayo de 1965.

Apenas pasan carros por las vías, así que me quedo con las piernas cruzadas sobre la tierra ante el crucifijo, mirando esas cintas de metal entrecruzadas, con los ojos entrecerrados, en un acto subconsciente de poder hallar la imagen de la divinidad. Unos minutos en señal de respeto, de devoción, de dar gracias por todas las vivencias ocurridas estos días y por la suerte que he tenido hasta llegar hasta donde estoy hoy y ser quien soy.

Observo el mapa y calculo la ruta que aún me queda por seguir, ya falta poco para llegar al final, para volver a ver brillar el sol de un nuevo amanecer.

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COMENTARIOS DE LOS AMIGOS DEL GRUPO CLUB DE HISTORIA DE PUÇOL
13 de abril 2020. Capitulo: Pista de Silla

Merche: Precioso.

34 653 99 ** **: Hola buenos días no hablo mucho pero me gustan mucho tus historias estoy esperando todos los días.

Josefa: Gracias Isabel, espectacular... Me ha encantado el párrafo de Estúpido es el hombre.....

Manoli: Gracias Isabel

Pilar Alberti: Gracias Isabel.

MJ: Precioso Isabel

Enriqueta: Me ha gustado mucho tu reflexión de hoy acerca del maltrato que el hombre da a la Naturaleza.Ojalá reconsideremos nuestra pésima actitud y aprendamos a respetarla más.Gracias por tu hermoso y significativo relato de hoy.Hasta mañana,Isabel

Rosa Ruiz: Gracias Isabel




Cruz cubierta del Camino de Xàtiva. (Cruces de término#11)


AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos. 

Año de Nuestro Señor 2020, décimo día del mes de abril.

He pasado toda la mañana de ayer y la noche en la casa parroquial. Los síntomas del día anterior han empeorado. No sé cómo sentirme. Feliz por no haberme infectado por la epidémica, pero con tristeza, pues tengo un mal aún peor. Algo que, según me ha comentado un vecino galeno del párroco, se llama alergia de primavera.

Tengo que aprender a convivir con un mal que se ha apoderado de mi cuerpo: me afecta respirar el aire de la primavera impregnado del aroma de las flores. ¡Maldición! ¿Dónde quedarán mis paseos por el campo?

El galeno me ha dicho que no me preocupe, que existe una medicina que evita que sientas los síntomas de la alergia. Me ha dado un pequeño paquete y me ha enseñado cómo debo tomarla.

Ahora ya es momento de continuar con la ruta. Consulto el plano, la siguiente cruz no está muy lejos, pero aun así es un buen paseo. La zona no es nada bonita, o por lo menos a mi parecer. Solamente son viviendas de esas en forma de arcas cuadradas, pero de muy baja calidad, la gente que vive en ellas son gente de bajos recursos económicos, en las afueras de Valencia.

Y, según he oído decir al galeno, en ciertos callejones a ciertas horas se puede encontrar «medicinas» y unas hierbas «marianas» que te pueden ayudar con los males del alma. Pero los mercaderes que las venden —que también deben comercializar con camellos— no son gente de fiar. Que mejor no hable con nadie, si es que eso es posible, pues es poca la gente que veo en mi caminar.

Vuelvo a pasar por el rebaño de esos transportes gigantes y rojos. Me han dicho dicho que se llamaban «autobuses» y sirven para trasportar a las personas por la ciudad. Lo que yo pensaba: suben allí arriba como si fueran borregos en un carro. Creo que será mejor no aventurarme a tomar uno de ellos.

Paso de largo y sigo caminando junto a unos muros; a mi izquierda, hasta donde se pierde la vista, hay un muro alto de piedra y ladrillo con los escudos labrados de la ciudad de forma simplificada. Sobresalen de lo alto del muro unos cipreses que agitan sus puntas con la ligera brisa. Mis ojos rápidamente empiezan a llorar y mis pulmones se siente muy pesados.

Sigo y sigo caminando hasta que puedo doblar la esquina de ese muro. No me sorprendo cuando veo más muro idéntico y sigo caminando, bordeándolo, pues al fondo de la calle, ya veo algún edificio de viviendas.

Finalmente, descubro que ese muro es el muro al que tienen tanto miedo las personas, es el muro que guarda las Villas de Reposo Eterno; sobre la puerta, con la reja que representa una lechuza, puedo leer el rótulo, un escalofrío me recorre por dentro: «Cementerio Municipal de Valencia».

Cruzo la calle sin pensar, para alejarme de ese lugar, y me enfrento a la puerta de una tienda de flores que a mi agradecer apenas tienen en las vasijas azules, solo unos claveles y unas rosas, salgo corriendo por un callejón denominado Tomás de Villarroya.

Ha sido salir de la sartén para caer en las brasas. Es un campo: mis ojos comienzan a emborronarse la vista por las lágrimas y toso con fuerza. Me tropiezo y caigo al suelo, la nube de polvo se levanta levemente a mi alrededor y estornudo. Me froto las rodillas me escuece la herida. 

Aún queda un poco más para salir a un ancho rio de asfalto negro, con árboles y zonas de jardín por las sendas de los viandantes. Busco las líneas blancas del suelo y las salto en cuanto el farol se prende en verde. Llego a un pequeño parque con un camino sinuoso y consulto el plano de nuevo. Solo tengo que seguir la calle de Tomas de Villarroya hasta el final.

No termino aun de recorrer la calle cuando veo ante mí la Cruz Cubierta del Camino de Xàtiva, más conocida por la gente del barrio como la «Creu Coberta».

Se encuentra en medio de una vía para carros de metal. No me atrevo a cruzar hasta allí, así que desde la zona donde me hallo saco un pliego de papel y lo apoyo sobre la fachada del edificio que tengo a mi vera. Comienzo a trazar rápidamente el boceto de lo que ven mis ojos.

Ilustración: Isabel Balensiya. 

A continuación, añado la descripción de todo: Obra gótica realizada en 1376 por un autor desconocido. Joan del Poyo y el tallista Johan Llobet, en 1432, la renovaron por petición de la Fábrica de Murs e Valls.

En el siglo XVI, el templete volvería a ser restaurado y, en 1898, José Aixá realizó una reconstrucción completa de la obra. Es de bóveda gótica de crucería octopartita, la plementería se decora en color blanco y dorado en la línea de los nervios. En su origen, policromada por Nicolás Querol.

El tejado es de chapitel de teja vidriada roja y azul. Los arcos son ojivales, en la clave de la bóveda el escudo de la ciudad. Cuatro contrafuertes sujetan el casalicio.

Sobre una basa circular, tenemos el pilar octogonal de la cruz, que es de piedra con adornos tallados figurativos, muy del estilo gótico-renacentista. Aparece la iconología clásica de la Virgen y San Juan. También Dios con dos orantes a los pies. Además, en el capitel hay santos y escudos de la ciudad coronados.

Camino calle abajo hacía la avenida que anteriormente he dejado; una vez ahí, sigo caminando en recto, hacía el este por la calle llamada Fernando Abril Martorell. Según el plano, está muy próxima la siguiente cruz, pero tal vez antes busque un lugar donde descansar unos minutos, comer algo y tomar el medicamento para este nuevo mal que me persigue.

Miro al cielo y tengo fe de que esto pronto acabe.


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COMENTARIOS DE LOS AMIGOS DEL GRUPO CLUB DE HISTORIA DE PUÇOL
10 de abril 2020. Capitulo: Camino Viejo de Xàtiva

Chimo: Es increible la gran cantidad de datos historicos y arquitectonicos con que documentas tus visitas a las cruzes y los mil detalles que nos ofreces en tu rrecorrido, como el de la lechuza a la entrada del cementerio, maravillosos tus relatos.

Pilar Alberti: Genial. Isabel.

Pilar Aznar: enhorabuena Isabel
Rosa Ruiz: Bravo Isabel!
Susana: Gracias Isabel.
Mati: Gracias
Chimo Collado: Un aplauso Isabel
Enrriqueta: Muchas gracias por la compañía tan interesante de tus relatos.No me canso de leerlos y hasta mañana.
Mari Carmen: Bravo
Angeles Varona: Genial Isabel

Cruz de Mig Camí (Cruces de término#10)


AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos. 

Año de Nuestro Señor 2020, noveno día del mes de abril.

Con un sobresalto me despierto del banco de la plaza de la cruz de Mislata. El corazón me bombea con fuerza, noto cómo la sangre fluye por debajo de mi piel. Hago un ademán de llevarme las manos al rosto, pero están cubiertas con unos guantes blancos, del mismo color que el cubrebocas. La furia crece en mí por momentos, de un fuerte tirón me arranco los guantes y los lanzo lejos de mí, sobre el pavimento, al igual que la cubrebocas. Me froto, me froto con ganas la cara. Quiero lavármela y encuentro a unos cuantos metros de mí una fuente en la plaza; por suerte, tiene agua.

¿Hasta cuándo tenemos que vivir con esto? Siento que me va a estallar la cabeza, me tiembla el ojo derecho…

Me hago un pequeño masaje en la base del cuello. A continuación, muevo los brazos como su estuviera nadando en el rio y me froto la parte baja de la espalda. Mis riñones están cansando de soportar la carga del saco con mis pertenencias de viaje.

Suspiro con fuerza, queda menos de una semana para acabar el peregrinaje. Por haber visitado todas y cada una de las cruces de término que tiene la capital del Turia.

Busco las escaleras, las bajo nuevamente para salir a la vía de los carros y continúo recto por ella, hasta llegar a una mucho más ancha. Leo el letrero azul sobre la fachada de un edificio «Carrer Nou d’Octubre». Debe estar próxima.

Sonrío con desgana al ver cómo no he errado, allí en una esquina está la «estación» o como me gusta llamarlo: el embarcadero del gusano de metal. Bajo los escalones despacio, pues no me quiero coger a la barandilla, aún no llevo los guantes puesto. Me paro en unos escalones y tomo aire con fuerza, me cuesta tomarlo y toso un poco.

Por instinto, me llevo la mano al pecho, para calmarme. Tomo aire muy lentamente y lo expulso despacio. Toso de nuevo. Me llevo la mano a la frente, parece que no tengo fiebre.

Dios ¿por qué este malestar? Llego a la entrada de la madriguera y busco la fuente de las estampas donde comprar otro pasaje para las entrañas de la bestia. Antes rebusco en mi saco, saco la caja de papel grueso y extraigo un par de guantes que me coloco no sin esfuerzo. Siento cómo me pesan los pulmones.

Rebusco en mi faldriquera para sacar un maravedí y medio de esas extrañas monedas. Coloco la estampa en la ranura del artefacto, y toco el vidrio con inscripciones. La luz brillante y blanca me hiere los ojos y comienzan a lagrimear, parpadeo varias veces para retirar las lágrimas. Con el desdén de un gato viejo, voy dando manotazos a las indicaciones de la pantalla, finalmente con satisfacción veo el letrero de «imprimiendo billete».

Cojo la estampilla y la hago pitar sobre el murete de metal para que me ceda el paso al interior del embarcadero. Hay dos tramos de escaleras, uno de piedra como los de toda la vida, el otro son esas que se mueven solas. No tengo prisa, así que piso sobre el primer peldaño de metal y dejo que me lleve hacia abajo.

Un escalofrío me recorre el cuerpo, la cabeza la siento como si tuviera un tamborilero dentro de ella. Tengo que esforzar los pulmones a que se hinchen tomando aire.

¿Será posible que haya enfermado en ese rato sin la protección facial? Toso con fuerza, un par de veces. Hay tres personas que se alejan de mí.

Acabo de caer en la cuenta de que me he metido en el tren subterráneo sin mirar siquiera dónde tengo que bajar. Me acerco a uno de los extraños tapices de colores de la pared, el señor que está junto a él apoyado me mira horrorizado y huye de mi presencia. Debo de hacer mala cara, lo sé. Vuelvo a toser. Masajeo las sienes buscando así un reposo momentáneo del tamboreo mental.

¡Maldición! Tengo que abordar otro tren. Pienso en el chico que me ayudó en aquella ocasión, ojalá estuviera aquí. Sobre todo, hoy que no tengo la cabeza para pensar mucho. ¿Qué me estará pasando?

Según el tapiz de rutas, tengo que coger el primer «tren» para llegar al embarcadero llamado Ángel Guimerà. Una vez allí, hacer transbordo y tomar otro de la ruta amarilla, para llegar a Sant Isidre.

Llega por fin el gusano de metal y me introduzco en él. Unos pocos minutos después estoy bajando en el embarcadero del arcángel ese. Espero que me proteja, porque me siento empeorar por minutos.

Un rótulo me indica que tengo que subir las escaleras en busca de la ruta amarilla. No hay absolutamente nadie. Echo muchísimo de menos la compañía de mis amigos.

El tener que subir y bajar escaleras hace que vuelva a toser en reiteradas ocasiones. Busco la calabaza de agua del saco, me quito el cubrebocas y bebo unos cuantos tragos, poco a poco con cuidado, he descubierto que me duele la garganta al tragar.

Siento la corriente de aire que hace la bestia cuando recorre sus galerías subterráneas, guardo la cantimplora en el saco y me subo en el tren.

No hay absolutamente nadie. Ni un alma. Ni siquiera esa gente sarracena que me da repelús encontrarme por la calle. Miro el cartel, tengo que bajar en el quinto apeadero.

No hay absolutamente nadie. Necesito sentir compañía y lo único que hago es derrumbarme, lloro, lloro en silencio, como si eso me fuera a importar, si no hay nadie que pueda verme. Los ojos me arden, en la cabeza siento que me trota un caballo al galope, y los pulmones parecen no querer hincharse del peso de la ropa que parece oprimirlos.

Cierro los ojos, unos minutos de descanso, por favor.

«Sant Isidre», nombra la dama invisible. Abro los ojos y recojo el saco del suelo, me lo cuelgo del hombro y salgo al andén. Miro para la derecha, para la izquierda, por fin hallo la escalera para salir a la calle. Tal vez el aire fresco me ayude a despejarme, siento como si fuera a desmayarme.

Consulto el mapa de ruta y veo que sólo tengo que caminar recto por una calle hasta llegar al pequeño jardín de una iglesia.

Ya llevo medio camino hecho cuando veo unos inmensos carros de metal rojo y muy largos. Están dispuestos como un rebaño de ovejas. Sobre uno de sus costales unas iniciales en blanco: EMT. ¿Podré viajar en ellos algún día?

Unos pocos metros más adelante y llego al jardín. Busco dónde sentarme, vuelvo a toser. Saco un pañuelo de mi bolsillo y me limpio las lágrimas de mis ojos. Me pican mucho. Extraigo el pliego de papel y me pongo a dibujar. Afortunadamente, la cruz de hoy es fácil de trazar. En un fuste octogonal, alzado sobre una grada circular de tres escalones, se levanta una pequeña cruz de hierro forjado que rinde homenaje a sus compañeras desaparecidas. Hay una placa con el año de creación.

Ilustración: Isabel Balensiya 

Apenas estoy acabando cuando se ha acercado un hombre mayor, y me ha preguntado si me interesaba la cruz. Al decirle que sí, me ha dicho esta cruz no está en su lugar original. En un principio se hallaba en el Camino Viejo de Torrente desde 1556, sufrió en la llamada Guerra Civil Española y que su nuevo lugar se debe a que la restituida en la década de los años 40, fue derribada por las obras del nuevo río Turia. La que he estado dibujando data de 1975, pagada por los festeros del Santísimo Cristo de la Fe del barrio de San Isidro.

La parroquia que tengo delante de mis ojos está protegida bajo la titularidad de San Isidro Labrador, el hombre mayor me ha invitado a pasar, pues es su párroco. Yo se lo agradezco. Recojo mis bártulos e intento a la vez ahogar las ganas de toser en el brazo cubierto con mis ropajes. Expiro con fuerza aire.
Espero mañana poder continuar mi recorrido…

COMENTARIOS DE LOS AMIGOS DEL GRUPO CLUB DE HISTORIA DE PUÇOL 9 de abril 2020. Capitulo: Mig Camí

Mari Carmen: Q imaginación tienes

Enriqueta: Espero que el peregrino tenga fuerzas para continuar con su misterioso viaje.Hasta mañana,Isabel,con tu nueva y entretenida historia.Gracias

Pilar Alberti: Precioso relato!!Pero temo de que te has infectado.

Cruz de Mislata (Cruces de término# 9)


AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos. 

Año de Nuestro Señor 2020, octavo día del mes de abril.

¿Qué es esa mole de color azul? Prácticamente al fondo de la calle veo una gran masa azul, enorme. Me pica mi curiosidad, y como según el mapa de rutas debo caminar en esa dirección, acelero mis pasos para poder llegar antes hasta allí.

El cielo esta mañana está nublado, las nubes grises se escampan como una sábana sucia por encima de las calles. Apenas hay gente por las calles, en ocasiones se ve a alguien que lleva atado un perro, u otros individuos que cargan con bolsas negras o celestes y las introducen en enormes arcas de diferentes colores que se encuentran de tanto en tanto. Me acerco a ellas y e desilusiono al comprobar que son pequeños basureros donde depositar la basura de la gente.

Vuelvo a caminar hasta al final de acera y me encuentro con esas plazas redondas que colocan en medio de los caminos de asfalto. En ella se alza una gran mole de color azul noche. Parece la imagen de la cabeza y busto de una mujer con un extraño tocado. Me persigno sin duda Beniferri es el territorio de los paganos y el infierno. ¿Cómo han permitido poner ese icono pagano tan grande en mitad de la ciudad?

Continuo mi caminar barruntándome que más cosas me espera encontrar. Ya he descubierto unas cuantas, como el uso del transporte público, el café o esos dulces redondos como el oro llamados donuts.

Aprieto el paso quiero salir pronto de esa zona, finalmente llego a una vía amplia, la reconozco enseguida, es el linde de la ciudad con la huerta de Campanar. Busco esas franjas blancas pintadas en el asfalto y espero que el farol encienda su luz en verde. Ahora tranquilamente cruzo las vías de los carros de metal. Eso sí, procuro ir saltando de raya en raya, sin pisar lo negro. No fio y esas rayas albinas me dan cierta tranquilidad.

Suspiro profundamente cuando llegó a tocar la tierra de campo bajo mis botas. Pero esta vez no la voy a cruzar, solo tengo que caminar en paralelo a la huerta con una ancha vía de un maestro llamado Rodrigo.

De repente, me quedo maravillado. Por un momento, he viajado por arte de magia a un bosque que me recuerdan de esos que hay en el Camino de Santiago. Hay muchísima vegetación verde de árboles y grandes extensiones de pasto. Más adelante, un inmenso lago donde veo como nada los patos. ¡Virgen Santa! Veo unos enormes patos con unas cabezas el doble de grande de la mia ¿Qué comerán esas bestias? Prefiero no quedarme a averiguarlo y cojo con fuerza el saco sobre mi hombro y echo a correr tan rápido como pueden mis piernas.

Paro en seco al ver un inmenso y extraño edificio. ¿Me habré equivocado de camino? Estaré en Beniferri. Un rótulo sobre un murillo de ladrillo y azulejos me saca de mis dudas «Mislata».

No, he tomado el camino correcto. Miro de reojo el edificio y cruzo unos setos de margaritas de colores, bajo unos árboles con troncos con punchas y flores de color rosa y manchas amarillas.

En mitad de la vía de los carros, una plazoleta de piedras blancas y plantas diversas tiene unas enorme letras de metal con el nombre de la población.

Me dirijo a una estrecha escalera y asciendo a una plaza porticada por unos arcos de ladrillo y unas rejas negras. Cruzo la plaza, mis pisadas resuenan contra el suelo, no se oye el trino de los pájaros ni el murmuro del agua. Pues la fuente está seca.

Finalmente halló la cruz, para mi alegría es de las antiguas de estilo barroco. Bajo rápidamente corriendo las escaleras y doy un pequeño traspiés. Oigo desde un balcón: ¡ten «cuidao» que te vas a matar! No presto atención pues mi alegría es muy grande. Es la última cruz antes de adentrarme a la ciudad de Valencia.

Saco el trozo de pliego correspondientemente en blanco y me siento en un banco cercano a ella a dibujar, esta vez me centro en el dibujo añadiendo más detalles de la plaza donde está protegida del paso del tiempo.


Ilustración: Isabel Balensiya

Se trata de una construcción gótica de 1381, obra de la Fábrica de Murs i Valls, por orden expresa del rey Pedro IV el Ceremonioso.

La viguería de madera fue fabricada en 1433 por Juan de Poyo, junto al imaginero Juan Llobet —Los mismos que hicieron la techumbre de la salda dorada de la Casa de la Ciudad y que ahora está en la Lonja—.

La cruz se levanta sobre un podio circular de cuatro escalones. La columna e octogonal con un capitel labrado por todas las caras con imágenes de San Vicente Ferrer, San Miguel, La Virgen de los Desamparados y San José. A parte de los escudos de la ciudad.

Sobre el capitel dos figuras de la Virgen María y San Juan están en mal estado de conservación y la cruz de hierro. Curiosamente tiene 8 y no 4 brazos. Obra moderna de la década de los años 40, pues la original fue destruida en la guerra.

Todo ello está cubierto por un casilicio formado por cuatro grandes arcos apuntados, obre contrafuertes de sillería. En el interior están decorados por delgadas columnillas con capiteles vegetales. La techumbre de madera está cubierta por un tejado piramidal de color azul de Manises con una bola herreriana en el vértice. En el año 2005 fue restaurada por el Ayuntamiento de Valencia.

Acabo de escribir las últimas líneas y me guardo el dibujo con los demás. Me acomodo en el banco y saco algo de comer de mi saco. Hay que llenarse de energía positiva y alimento. Me centro en meditar también un rato. La próxima cruz hay un largo camino para llegar.

Me palpo la faldriquera y noto la estampa de colores del llamado tren subterráneo. Tal vez haya que volver a aventurarse en las profundidades de la tierra. Cierro los ojos y rezo. Hoy es Miércoles Santo.

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COMENTARIOS DE LOS AMIGOS DEL GRUPO CLUB DE HISTORIA DE PUÇOL
8 de abril 2020. Capitulo: Mislata



María Jesús: Encantador una vez mas.

Gema: Gracias Isabel.

Enrriqueta: Esta cruz es preciosa.Y el relato,como siempre,muy ameno .Gracias por  tu trabajo,Isabel.Es de agradecer.



Cruz del Camino Viejo de Liria. (Cruces de término#8)


Año de Nuestro Señor 2020, séptimo día de abril

Al mirar mi mapa de rutas he visto que el camino para la Cruz de Beniferri es bastante sencillo: solamente tengo que seguir caminando por la misma calle, dejando a mis espaldas la cruz anterior.

Mi estómago ruge con fuerza, mejor hacer un parón para alimentarnos bien. Miro a mi alrededor y a pocos metros del grandioso edificio veo que hay una taberna. Es bastante lujosa así que decido pasar de largo, para mirar otra que bien pueda alcanzar el pago de mis viandas y que, además, me permitan acceder a ella. Doblo la esquina por donde tengo marcado en la ruta del mapa, y hallo un lugar que me es satisfactorio.

Saludo al dueño del local y pido que me ponga algo caliente para desayunar acompañado por un dulce en forma redonda y gruesa como una rueda de color del oro.

Busco una puerta al fondo del establecimiento y la empujo con el pie. Percibo un ligero olor a menta y pino, la letrina se ve muy limpia. Compruebo que hay jabón y ese fino lienzo que huele a doncella, que llaman papel higiénico y que últimamente es muy codiciado.

Aún conservo los guantes puestos y con la punta de mis botas alzo tapa de la letrina para hacer mi vaciado de vejiga matutino. Uso un poco y lo necesario de ese apreciado papel para limpiarme, y toco la palanquita metálica de una cañería metálica que sobresale de la pared. Un fuerte sonido me indica que el agua ha salido liberada para llevarse mi faena.

Ahora, con sumo cuidado, hurgo detrás de mis orejas para quitarme el cubrebocas blanco y lo arrojo dentro de un cesto, al lado de ese frío asiento de cerámica blanca que resuena por el agua. Meto la punta de los dedos intentando no tocar la piel de mi muñeca izquierda y tiro rápido para abajo: elimino uno de los guantes; a continuación, hago lo mismo con el otro.

Cojo un poco de jabón con la mano derecha y con esa misma abro el grifo y lo froto con el jabón y lo enjuago bien, vuelvo a tomar jabón y me lavo bien las manos. Tomo de nuevo jabón hago espuma con él y me lo paso por el rostro y me limpio con abundante agua fresca.

Muevo rápidamente mis manos debajo de un extraño cofre que pende de una de las paredes. Ya lo he visto en otros lugares, y sale una corriente de aire caliente. Se para. Vuelvo a gesticular. Así hasta tres veces. No hay remedio, mis manos siguen húmedas. Escarbo en mi bolsa y saco una toalla de algodón con la que me seco las manos. Sonrío al ver el anagrama de aquel monasterio extremeño. Hace tres años que fui a aquel cenobio en la otra parte de España. La guardo y busco ahora una bolsa fina y trasparente que cruje al tacto. Tiro de ella y la rasgo sacando de un interior un cubrebocas, el cual solo cuelgo en una oreja el cordón y el otro lo dejo sin poner.

Ahora ya busco esa caja de papel duro de color azul, tiene una apertura ovalada e introduzco los dedos, saco uno de los guantes de ese material extraño que últimamente he aprendido a convivir con él. Me habían recomendado su compra en un enorme ultramarinos cerca de mi casa. Con cuidado de no romperlo, meto los dedos y doy pequeños tironcitos para amoldar el «tejido» a mis dedos. Una vez asegurado, me pongo el siguiente. Guardo la caja en mi bolsa. Con el codo descorro el cerrojo y con la punta del pie abro la puerta de la letrina.

El tabernero me hace una seña y extiende su mano hacia una mesa donde ya tengo dispuesto mi desayuno. Lo tomo presto, pues no quiero permanecer mucho tiempo allí dentro. Oigo lo que comentan. Parece que la epidemia esta menguando sus víctimas por todo el reino.

Dejo en un platillo negro tres maravedís y medio de ese extraño dinero con nombre de diosa griega.

Salgo a la calle y, al mirar al frente, a pocos pasos hallo la cruz que buscaba. Estoy en Doctor Nicasio Benlloch. Saco el pliego de papel y me apoyo sobre una pared adyacente para dibujar rápidamente y escribir su descripción:



La cruz actual está completamente reconstruida. No queda nada de la anterior, de 1439, elaborada por Antonio Dalmau, que talló la cruz y el capitel de la columna. Cien años después la rehízo por primera vez Jaume Vicent.

La que ahora vemos es una cruz de piedra realizada hacia 1940 que se alza sobre podio formado por una grada y una basa de planta octogonal en el cual encontramos en cuatro de sus caras, escudos de la ciudad en alternancia con cuatro caras lisas. Sobre este podio se alza una columna o espiga octogonal que termina en una base octogonal a modo de capitel en cuyas ocho caras encontramos talladas imágenes de santos y personajes de la tradición cristiana separados por columnillas y bajo bovedillas en forma de venera. Sobre esta base se alza la cruz ornamentada con un cierto gusto barroco. En la cruz figura Jesús Crucificado y en los extremos de los cuatro palos del madero vemos sendas representaciones de los cuatro evangelistas con sus animales simbólicos.

En la actualidad se encuentra en perfecto estado de conservación y no se encuentra cubierta ya que nunca lo estuvo.

Una cruz de piedra blanca, de imitación barroca que marca la frontera de Valencia con Beniferri.  Un paso más y me adentro en la ciudad. Consulto el plano y veo para desilusión que me equivoco. Pues antes tengo que marchar a la villa de Mislata. Afortunadamente tengo una gran extensión de campo por delante antes de entrar.

Pero antes tengo que hallar un camino que me lleve hasta allí.  ¿Qué es esa mole de color azul?

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COMENTARIOS DE LOS AMIGOS DEL GRUPO CLUB DE HISTORIA DE PUÇOL
7 de abril 2020. Capitulo: Camino Viejo de Liria.

María Jesús:   cada dia es mas interesante.

MJ: Estamos en forma para seguirte.

Gema: Nunca más veremos las cruces de la misma forma.

Mari Carmen: No sabía que habían tantas cruces.

Manoli: Gracias, Isabel

Josefa: Muy interesante Isabel.

Teresa: sigo contigo caminando, me encanta!!!

María Esperanza: Muy Interesante ,,,

Sabín: Buen trabajo, Isabel.Ya tenemos una excusa cada mañana para mirar este grupo. Ve pensando en qué vas a escribir a finales de abril, cuando se te acaben las cruces.

Enriqueta: Qué delicia es caminar contigo.Estoy con Sabín en que tienes que escribir sobre el tema que sea porque es muy agradable leerte y lo haces de manera natural,cómo tiene que ser.Gracias y hasta mañana

Rosa Ruiz: Isabel chulísimo!!


Mari Carmen: Que imaginación !