miércoles, 26 de diciembre de 2018

La historia de la cúpula azul del Museo de Bellas Artes de Valencia (Curiosidades valencianas)



La cúpula del museo en la actualidad.
Fotografía propia. 

Callejero, hace mucho tiempo te relaté sobre el Skyline de la ciudad de Valencia, de sus edificios más altos y de su historia. Pero, nuestra ciudad, hasta la década de los años 60 del siglo XX, tuvo una silueta muy distinta a la que vemos ahora, pues no solo estaba definida  por las torres de las iglesias, sino también por sus cúpulas azules.

Tal vez, Sorolla tuviera razón en aquello de que el cielo valenciano se veía más azul que en otros lugares de España. Tal vez, el motivo sea por el reflejo del cielo en la cerámica vidriada de esas cuarenta y tres cúpulas que se alzan orgullosas sobre diversos edificios de Valencia.

En el mundo de la Historia del Arte podemos encontrar el significado de esos extraños remates de los edificios religiosos: se trata, nada más ni menos que, de una pequeña representación de la bóveda celeste, el lugar donde habita el Dios y su corte celestial, de una representación metafórica del cielo cristiano, como podemos contemplar en el sinfín de pinturas que pueden decorar sus interiores.

El origen de estas cúpulas azules lo encontramos en la época barroca, en el siglo XVII, cuando la cerámica vidriada de Manises, con su característico tono de azul, comienza a recubrir, no solo a modo de decoración, las tejas de tipo árabe utilizadas para los edificios notables de Valencia. Al aplicar esta capa de color y barniz cerámico lograron que esas piezas fueran impermeabilizas pudiendo evitar así las filtraciones de aguas pluviales, sobretodo de los aguaceros otoñales que siempre ha sufrido Valencia. Al mismo tiempo, las dotaban de un brillo único gracias al sol, potenciando el azul del cielo en los días que hacía buen tiempo. Valencia, con sus tejados deslumbrantes por una capa de esplendor, atraía gentes de fuera a esta rica ciudad, ya fuera para comerciar o para habitar sus calles. 


La primera cúpula azul que vió nuestra ciudad fue la del Colegio del Corpus Christi, mandada construir por el Patriarca Ribera, un precursor en modernidad en su día, en lo que a la construcción de un su seminario de refiere. Desde aquel momento, nuestra ciudad se llenaría de cúpulas, acabando en la más sublime y grande de ellas: la de Las Escuelas Pías.

Pero, hoy quiero contarte la historia de una muy concreta de entre todas ellas: la del Museo de Bellas de Artes de Valencia. Si nos situamos bajo del interior de esta cúpula y alzamos la vista hacia ella, podemos intuir como una bóveda celeste cuajada de estrellas, diminutos puntos de luz que juegan con nuestra percepción, aunque pasa desapercibido para muchos de los visitantes que se adentran al lugar. 


Interior de la cúpula en la actualidad.
Fotografía propia.

La fundación del colegio-seminario de San Pío V fue por Fray Juan Tomás de Roberti, Arzobispo de Valencia en 1677.  Los inicios de la construcción de este monasterio fueron bastante difíciles, existiendo problemas de toda índole, pero eso callejero, te lo contaré otro día.
En el contrato de obras de 1683 se estipuló que la iglesia, de la orden jerónima, finalmente sería de planta octogonal – el actual hall del museo – y estaría cubierta con una gran cúpula de teja vidriada. Dicha cúpula de tambor octogonal, alcanza una anchura de 14 metros, por un altura de 27, toda ella coronada por una linterna de 8 metros.

El arquitecto que elaboró el proyecto fue Juan Pérez Castiel, y el interior de su cúpula iba a estar decorado en profusión como solían estar las iglesias barrocas de la época, recargada de adornos… pero Pérez Castiel falleció y lo continuó su discípulo José Mínguez, quien entre los arquitectos barrocos, era de líneas muy simples y limpias, pecando de un excesivo gusto renacentista.

Mínguez revisó el proyecto de su difunto maestro y comprobó que había elementos que no eran necesarios, o en su defecto estos se podían mejorar. Para ello, comenzó eliminando las cadenas de hierro que deberían abrazar y sujetar la cúpula,  tampoco mandó construir los estribos del exterior del tambor. Incluso, cambió los materiales de la linterna, las planchas de plomo por las tejas azules, por considerarlas más resistentes. Finalmente eliminó la decoración de tallas y florones, por según sus palabras: ser nido de telarañas y polvo

En el año 1746, aún estaban blanqueando el interior de la cúpula, cuando hubo un desgraciado accidente, dos obreros murieron al caer desde lo alto del andamio: Francisco Rullo y Miguel Orero, éste último maestro albañil, casado con una de las hijas del arquitecto Mínguez.
 
Finalmente, el interior de la cúpula, acabó decorado con lunetos y falsas ventanas con la técnica pictórica del trampantojo.

Interior de la cúpula, 1925.
Fotografía: Archivo Militar de Valencia. 
La cúpula tuvo problemas desde el comienzo de la construcción, con la aparición de las primeras grietas. En 1757 al construir unos edificios adyacentes a la iglesia, ya tuvieron la precaución  de tomar medidas para no afectar a los cimientos y que no sufriera la cúpula. Unos años más tarde en 1759, aparece registrado que debían repararse “quiebras en la iglesia”.

Vista de la cúpula en 1851
El tiempo pasaría y la iglesia con la llegada de la Desamortización se convirtió en Casa de la Beneficencia, y posteriormente en Hospital Militar.

A principios de 1900 se hizo una serie de inspecciones, como recoge el periódico de Las Provincias, del 24 de diciembre de 1903, el cual decía que las grietas fueron debidas a un rayo que cayó sobre la cúpula y que los militares decidieron repararlas con un poco de yeso y reabriendo el lugar al culto en 1921.

En agosto de 1924, se percataron de que las grietas iban mucho más allá de las zonas reparadas, por lo que la causa no sólo era del accidente del rayo. Unos expertos llegados para analizar el lugar encontraron serios problemas: arcos con ladrillos sueltos, nuevas grietas, pero sobretodo problemas de humedades.

Los técnicos, al realizar catas en el terreno bajo los pilares, hallaron tierra arcillosa de 1.50 metros de espesor y 2.10 metros de profundidad. Habían dado con la clave, el problema era por las humedades.

¿Pero estas de donde procedían?


Siguieron cavando y haciendo catas hasta encontrar el origen del problema, que era algo pequeño, insignificante, pero no por ello, menos dañino. Se trataba de una pequeña filtración de aguas de la acequia de Mestalla, que pasaba pegada a los muros externos de la iglesia, junto a la sacristía, y que por problemas de humedades en 1879 se había desviado, quedando el cajero de la acequia seco, sirviendo las veces, en algunos tramos, como caudal de aguas negras durante la época de Hospital Militar. A la vez, también pasaba el canal que se había elaborado para traer aguas potables al hospital, y llegaban a un depósito situado en la esquina triangular norte de la iglesia, entre el octógono y el lado recto del claustro, que era utilizado como almacén.

Observaron, en la acequia de Mestalla, estratos de que las aguas habían llegado hasta el nivel de la bóveda del cajero de la acequia en diversas ocasiones. También, hallaron un agujero entre la cimentación del edificio y el punto donde se hizo la desviación de las aguas. Esas filtraciones, más las que pudiera tener el depósito de aguas, sumando la riada de 1879,  habían hecho debilitar la densidad del terreno, ablandando cada vez más y cediendo por el peso de la cúpula, que no había sido en su día reforzada por Mínguez.

La solución a todo ello consistió en secar definitivamente el cajero de la acequia y limpiarlo de fango, sanear los puntos estropeados, recubrir las paredes con hormigón hidráulico y reforzar los cimientos de los pilares con viguetas de hierro.


Plano del andamio utilizado
para demoler la cúpula.
Por último, intentaron también arreglar la cúpula, pero estaba demasiado deteriorada para salvarla. Por eso, el Ministerio de Guerra decidió demolerla, pues suponía una seria amenaza de ruina. Aunque, instituciones como la Academia de Bellas Artes se opusieron a ello. Por otra parte, la Comisión Provincial de Monumentos, también hizo todo lo que pudo para intentar frenar el derribo de la cúpula del antiguo monasterio.

Pero finalmente no se pudo hacer nada, y en junio de 1925 se dió la orden para demoler la cúpula barroca de José Mínguez.  Afortunadamente, existen una serie de fotografías en el Archivo Militar de Valencia, que se añadieron al expediente de derribo, que fueron tomadas unos meses antes, donde se puede ver el aspecto original del interior  de la cúpula y las condiciones en las que se  encontraba.
Para su derribo, alzaron un castillete y una serie de cimbras para ir, poco a poco, desde el interior demoliendo la estructura, salvando algunos de los materiales, para poder venderlos o reutilizarlos en otras edificaciones.

Después de la Guerra Civil, el Museo de Bellas Artes de Valencia, se decidió trasladarlo al antiguo monasterio de San Pío V, y por lo tanto pasó de manos del Ministerio de Guerra al de Educación en 1944.

No sería hasta la década de los años 80, cuando se decidió establecer una serie de medidas y rehabilitar el lugar, y recuperar la imagen originaria del edificio. En el año 1990, fue cuando llegó el turno de la reconstrucción de la cúpula de la iglesia, para dar de magnificencia a la entrada del museo y recuperar la imagen del siglo XVIII que la ciudad había conocido en un pasado.
Sobre las bases ya existentes se construyó un nuevo tambor octogonal, para levantar sobre él, de nuevo la cúpula de teja vidriada y la linterna. Mientras,  en el interior se optó por un enlucido claro, y la restitución de elementos como pilastras, capiteles, cornisas y molduras. Acabándose a mediados de 1992.

Fotografías de la década de 1990

Hoy en día, cuando entramos en el hall del museo, y alzamos la vista podemos admirar la gran cúpula y a su alrededor en la zona interior, unas ventanas, ya que el deambulatorio del interior del tambor de la cúpula se ha aprovechado ese espacio para crear una biblioteca y una sala de investigación del museo.

Vista interior de las ventanas de la biblioteca.

La cúpula desde el patio del restaurante del museo.
Fotografía propia. 


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